Posts Tagged ‘aprender’

El boom de Paula Bloom

31 October 2021

twitter: @eugenio_fouz

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El hilo en Twitter de Paula Bloom sobre ciertas dicotomías educativas actuales:

https://twitter.com/PaulaBlooom/status/1454162093498851330?s=20

El texto:

‘¿Qué prefieres, ser feliz o que sean felices tus seres queridos? Pregunta engañosa, ¿no? Pues en Educación esto se lleva muchísimo, plantear falsos dilemas que obligan a realizar elecciones que en realidad no son necesarias. Abro hilo sobre lo que llamo “dicotomías tramposas”

La más popular: ¿corazón o cerebro? Tranqui, vas a quedar mal escojas lo que escojas. Sin embargo ¿no es lo emocional parte de lo racional? ¿Puede haber una escuela que apueste solo por una de las dos cosas? Es imposible disociar un aspecto de otro, ambos emanan de la misma raíz.

Otra muy interesante: inteligencia contra bondad. ¿Prefieres un niño muy inteligente o muy buena persona? Por esta grieta se nos ha colado Gardner tratando de hacernos creer que no se puede ser todo y que la escuela tiene que decidir qué “inteligencia” fomentar en cada peque. JA.

Y aquí encontramos la confrontación entre el rendimiento académico y la gestión emocional, amén de añadir la utilidad en la vida. Los niños privilegiados no necesitan esforzarse para sacar buenas notas así que pueden escoger entre saber de emociones o saber de matemáticas. Vaya.

Captura de una publicación en la que una persona plantea: “Si te dieran a elegir entre que tu hijo fuera sobresaliente en matemáticas o en educación emocional, ¿qué crees que le ayudaría más en la vida?”

Llegamos por fin a los gurús, los que contraponen experiencia y evidencia. Resulta que los señores que investigan con un sesgo del copón bendito denostan alegremente la experiencia docente porque no les cuadra en sus estudios. Tampoco han pisado el aula jamás pero bah, minucias.

Esta es más antigua que el hilo negro pero parece que está otra vez pegando fuerte: teoría versus práctica. La teoría no hace falta, ¿para qué, si está en todo en internet? Lo que tienen que hacer los alumnos es experimentar mucho, practicar mucho, hacer mucho. Aunque no sepan.

Esta parecerá absurda pero es la cruz de muchas docentes: ¿cómo es tu clase, aburrida o divertida? Porque las dos no pueden ser. O se te duermen o salen como de un concierto de los antiguos, de los de sin mascarilla. Así están las profes reventadas de intentar dar un show diario.

¿Qué decir del docente obsoleto contra el docente del siglo XXI? El primero es un mercenario de la tiza, aburrido, anclado en el pasado, ¡no innova! El segundo es guay, diversifica, innova, es competente, flexible y tiene un canal de YouTube. Y esto le hace claramente mejor.

Y como estas hay muchas: digital o analógico, emoción o razón, conocer o ser, teorizar o practicar. Todas tramposas. Nos obligan a tomar decisiones que no hace falta tomar, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene esta polarización y, sobre todo, a quién beneficia?

Yo no quiero elegir si el alumnado es feliz o estudioso, si conoce o practica, si aprende matemáticas o gestión emocional. Quiero que sean todo, que hagan todo, que conozcan todo y sobre todo no quiero que me obliguen a posicionarme entre lo bueno o lo mejor porque elijo ambos.

Cuidado con caer en dicotomías tramposas que nos dividen y nos apartan de los problemas importantes para llevarnos a debates sin salida en los que nos posicionemos donde nos posicionemos estamos traicionando algo.
Las que no vendemos humo no necesitamos comprar extractores.

Edito: este no es un hilo sobre el fifty-fifty o sobre el win-win porque no hay dos polos, no son dicotomías. Lo que abordo no son dilemas morales reales sino falsos, creados para vendernos humo y despistarnos de aspectos importantes que se diluyen porque estamos agotadas.

No hay que elegir entre escuela con corazón o con cerebro porque no puede haber una sin la otra y no puede haber profes del S XVIII y del XXI porque tu forma de trabajar no determina tu contexto histórico.

Es como elegir entre respirar o que te lata el corazón: no es posible.’

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https://tinyurl.com/5hw5jv5z

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Extras

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Marion Cotillard, actriz

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¿Quién será?

https://twitter.com/GustavoVela71/status/1452303250758193161?s=20

@GustavoVela71

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Derechos a diestro y siniestro

7 February 2021

twitter: @eugenio_fouz

-@tumblr-

Derechos a diestro y siniestro
Eugenio Fouz

And you called yourself a teacher? / I didn´t call myself anything. I was more than a teacher. And less.” (Frank McCourt)

Las escuelas sirven para educar y enseñar cosas a los alumnos que acuden a ellas. Aunque parezca una obviedad, a veces conviene recordarlo. Para enseñar una asignatura en clase el profesor cuenta con alumnos que prestan atención, permanecen en silencio mientras habla y toman notas de vez en cuando. En el supuesto de que el alumno pertenezca a la categoría inmediatamente superior, dedicará tiempo fuera del aula a reflexionar, leer, releer, escribir y estudiar apuntes, consultar libros-más de uno- y aprender de memoria determinados puntos vistos en clase.

Si todo sigue su curso normal, el profesor enseña y el alumno aprende. Todo lo aprendido debe ser demostrado por el alumno a un observador objetivo e imparcial que es el profesor -por extensión, el centro educativo al que pertenece. A lo largo de los días de clase, el profesor propone ejercicios para realizar dentro y fuera de clase y finalmente, test o exámenes. Los exámenes son una forma de valorar el conocimiento de los alumnos. La verdad es que no debería ser el único modo de hacer esto. De hecho, cada profesor cuenta con su propio método recogido en el apartado de evaluación incluido en la programación didáctica de su asignatura.

Entre otros aspectos, la evaluación debe contemplar además un porcentaje que valore la actitud del alumno, su trabajo en el aula (cuaderno, pizarra, fichas, intervenciones) test sin aviso previo, exámenes y ejercicios. Otro aspecto a tener en cuenta es la asistencia. Muchos profesores asumimos la asistencia como un valor incuestionable; no obstante, hay alumnos que se ausentan y justifican -otros ni siquiera se molestan en esto- su falta puntualmente. Los profesores tendríamos que contabilizar la asistencia a partir de un porcentaje razonable de asistencia y no como viene aplicándose ahora, asumiendo un tanto de faltas admitidas. La asistencia ha de ser activa, porque siguiendo a Steven Wrighthay una fina línea que separa al pescador del individuo parado en la orilla sin hacer nada como un idiota”.

Llegado el final de cada trimestre se realizan exámenes de evaluación gracias a los cuales los profesores medimos el alcance del conocimiento, habilidades y parte de las competencias adquiridas por nuestros alumnos. En ocasiones hay suspensos y los alumnos quieren ver sus exámenes y el modo en que han sido calificados. Los profesores explican dónde, cómo y qué han hecho mal. La mejor explicación, la explicación más objetiva de una prueba, calificación, valoración y errores la conoce el profesor.

A principios del año 2019, un artículo publicado en el diario EL PAÍS se hacía eco de una cuestión que preocupaba a los padres de los alumnos, a los alumnos y a los profesores (Ignacio Zafra y Ana Torres, “¿Tienen derecho las familias a revisar los exámenes corregidos de sus hijos?“; El País, 31.01.2019). El caso está resuelto a favor de los padres y los alumnos. Según argumentaron algunos padres, no se veían capaces de entender las aclaraciones de los profesores en ciertas asignaturas consideradas difíciles para ellos que quieren involucrarse en la educación de sus hijos. Ahí radica parte del desencuentro. Los hijos son quienes han de ser enseñados y evaluados, no sus padres.

Con todo, hay alumnos descontentos a causa de la severidad de algunos docentes a la hora de corregir los errores que ellos -y probablemente sus padres también- consideran irrelevantes o triviales. En lugar de eso, deberían agradecer la dedicación del profesor y el nivel de exigencia requerido. Un profesional de la enseñanza está dedicado a su asignatura y quiere que sus contenidos se entiendan y se aprendan bien.

Por dar un ejemplo, el instructor de natación indulgente podría suponer un riesgo para sus pupilos haciéndoles creer que son capaces de manejarse en un medio acuático aún sin estar suficientemente preparados.

Los padres de los alumnos que solicitan copia de los exámenes finales de sus hijos lo hacen para estudiarlos en casa, para ayudarlos. Esta concesión a los padres (también a nuestros alumnos) implica una desconfianza hacia el profesor que enseña, puesto que no considera suficientemente satisfactorias las explicaciones que pueda ofrecer el docente acerca del examen y, seguramente, la actitud de su hijo en clase. Cabe pensar que el alumno, -y esto es una hipótesis- aprovechará la ventaja de estudiar los ejercicios que no ha realizado sobre otros alumnos que han confiado en la revisión abierta del profesor. Los solicitantes de copia de exámenes no acostumbran a asistir regularmente a clase ni son buenos estudiantes. La mayoría de las veces sus exámenes aparecen incompletos por lo que van a verse favorecidos con la copia entregada.

Nadie niega la comunicación con los padres, ( y por descontado con los alumnos); sin embargo, uno tiene la impresión de que el objetivo de algunos padres es que sus hijos obtengan el aprobado ¿Cómo luchamos los docentes contra este desprecio a nuestro trabajo? Uno se pregunta qué pasaría si no hiciésemos exámenes, si no elaborásemos pruebas de evaluación ¿Sería esta la mejor opción?

En fin, ninguno de esos padres que reclaman la copia escrita de los exámenes de sus hijos se ha acercado a hablar con el profesor y preguntarle: ¿qué tal es usted como profesor? ¿Explica usted bien?


Murcia, 21.01.21

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artículo de opinión publicado en el periódico “Magisterio“, @magisnet 

el día 2.02.2021 

(solo para suscriptores)

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http://tinyurl.com/fce7on5c

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Enseñar, aprender, evaluar

20 May 2020

twitter: @eugenio_fouz

¿Quién ha de hacer los deberes? (Elvira Lindo)

18 December 2016

twitter: @eugenio_fouz

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[Risa Hirako, modelo]

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artículo escrito por Elvira Lindo

El País.-17122016

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¿Quién ha de hacer los deberes?

ELVIRA LINDO

 17 DIC 2016

El País (@el_pais)

“La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar.

Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa.

Apunto algunos: Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.”

artículo escrito por Elvira Lindo (@ElviraLindo), 171216 

Lea, si lo prefiere el artículo en versión original @el_pais:

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/16/actualidad/1481904945_360479.html?id_externo_rsoc=TW_CM

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“Panfleto Antipedagógico” (Ricardo Moreno Castillo)

30 September 2016

twitter: @eugenio_fouz

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He vuelto a leer el panfleto de Ricardo Moreno. Sigue teniendo vigencia en muchos aspectos. Lectura recomendable para profesores inquietos. Contiene dosis de sentido común y mucha filosofía.

Copio literalmente (ad pedem litterae) un extracto del libro que trata sobre la motivación del alumnado:

“la inteligencia para aprender es muy temprana, pero la madurez necesaria para comprender lo importante que es aprender es muy tardía. Si esperamos a que tenga esa madurez para enseñarle, los mecanismos de aprendizaje se habrán deteriorado tanto como el estómago de un niño a quien se ha dejado comer lo que le apetecía cuando le apetecía. Por eso siempre es difícil enseñar”

En el texto se habla del conocido caso de Helen Keller y su institutriz Anne Sullivan, de la disciplina, la pedagogía, Kant, los griegos, la filosofía, Savater y Unamuno, pedagogía y educación. El panfleto antipedagógico de Ricardo merece relecturas. Fue publicado por la editorial “El lector universal” en 2006.

Los grandes maestros, los que de verdad enseñan cosas a sus alumnos y dejan huella en ellos, son los exigentes, porque para contentarlos no solo hay que trabajar, sino que hay que hacerlo bien.” …

si un dentista me hace un estropicio en la boca, pero es una buena persona y vecino de mi barrio, puede ser que no lo denuncie, y me limite a buscar otro. Ahora bien, un profesional no puede confiar indefinidamente en la paciencia de sus clientes, y resulta que los alumnos de hoy están tan mal acostumbrado que casi consideran un derecho que la última asignatura se les tiene que aprobar por la cara

Circula en la red una edición imprimible en PDF. Puede descargarla desde aquí:

https://document.li/Fh62

#mypublicfiles #PDF

Visite y lea la página web si siente curiosidad:

http://www.antipedagogico.com

 

Historia de una maestra

2 May 2015

twitter: @eugenio_fouz

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Cómo la educación española se echó a perder, contado por una profesora veterana

R G. BARNÉS / 21.04.2015 / ELCONFIDENCIAL

Tras más de 30 años de experiencia en la enseñanza que le han permitido asistir a toda clase de cambios, Luisa Juanatey realiza un acertado diagnóstico sobre los problemas que la aquejan

Cada vez que se publica un nuevo informe PISA, el reflejo natural de todos los españoles es el de llevarse las manos a la cabeza. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Quién tiene la culpa de esto? Todos llevamos dentro de nosotros un seleccionador de fútbol, un politólogo y un experto en educación que no titubea a la hora de explicar qué es lo que ha ocurrido. Uno de los objetivos más frecuentes de nuestros dardos son, precisamente, los profesores, aquellos que en un pasado fueron respetados y que, súbitamente, fueron despojados de su autoridad en el aula.

Hablo de los profesores de enseñanza secundaria y, más precisamente de los de mi generación, de los nacidos en un lapso aproximado de quince años y que en el apogeo de su juventud/madurez extrañamente pasaron de ser competentes a ser incompetentes de manera inopinada”, escribe la profesora retirada Luisa Juanatey (Santiago de Compostela, 1952) en “Qué pasó con la enseñanza”. Elogio del profesor.-(Pasos Perdidos), un lúcido ensayo en primera persona sobre su trayectoria vital en la enseñanza desde los años ochenta hasta la actualidad, que es tanto un retrato de una generación que se propuso revolucionar la escuela heredada del franquismo como un certero diagnóstico de los problemas que aquejan a la educación española secundaria.

Si la enseñanza y el profesor no están valorados, no hay nada que hacer.

Lo que me propongo es que se valore al profesor como un elemento clave”, explica a “El Confidencial” la profesora de Lengua y Literatura que dio clase en institutos andaluces, madrileños, gallegos, valencianos y del País Vasco. “Si la enseñanza y el profesor no están valorados, no hay nada que hacer. Si enseñas algo que puede no ser útil en un sentido inmediato pero alguien lo aprende bien y eso se valora, le va a servir siempre y le va a enseñar a aprender”.

Nos sumergimos con Juanatey en los abismos del sistema educativo español a partir de algunas de las claves que nos ayudan a entender qué ha ocurrido durante las últimas décadas.

La LOGSE, un antes y un después

El 3 de octubre de 1990, el PSOE aprueba la Ley Orgánica General del Sistema Educativo, que sustituye a la Ley General de Educación, vigente desde 1970. Con ella se propone llevar la educación a todos los rincones del país, pero para Juanatey, que en su día recibió la reforma con esperanza y algo de candor, supone el principio del fin de la escuela española. “Cada vez había más institutos y era una ley de izquierdas que garantizaba la educación hasta los 16 años”, rememora la autora. “Pero lo trastocó todo porque, fundamentalmente, devaluó la enseñanza”.

¿De qué manera? Al principio, a base de conceptos que servían para llamar de otra forma a realidades que ya existían. “Pusieron en circulación palabras como motivación, como si no lo fuésemos suficientemente, o como si no fuese un estímulo tener una enseñanza pública para todos”, explica. El profesor pasó a ser un docente que tenía, entre sus funciones, motivar a los alumnos, algo que siempre habían hecho aunque quizá no se llamase de la misma forma.

Empezó a darse una depreciación de la idea de autoridad, a la que añadían cosas como que no se podía expulsar a un alumno de clase, de lo que no abusábamos, pero que era una herramienta”, rememora la profesora. “En lugar de que la sociedad ayudase a trasladar a los niños un sentido de las normas (no se puede interrumpir al profesor, no se puede molestar a los compañeros), se produjo lo contrario”. Es el caso de la irrupción de los pedagogos, expertos en psicología que pasaron de súbito a saber mejor que los anticuados profesores lo que estos debían hacer en las aulas en las que vivían día tras día. O la obligación tácita de aprobar a los alumnos, aunque no cumpliesen los mínimos exigibles. “Empezó mal y mal ha seguido, a pesar de que todos hemos tenido algún grupo que trabajaba bien. Pero eso no es un sistema público de enseñanza que se basa en la igualdad”.

El profesor no es el modelo del deportista esforzado y triunfador al que continuamente están expuestos los alumnos. Fue la izquierda quien, en apariencia paradójicamente, impulsó este cambio, aunque tampoco el Partido Popular hizo nada por revertirlo, más preocupado por las privatizaciones. “Ahora es muy difícil volver atrás”, se lamenta la autora.

El día que el profesor dejó de tener razón

Entre la confluencia de factores que explican la evolución del sistema educativo español de las últimas décadas, Juanatey encuentra la raíz en el descrédito del profesor, que pasó en menos de 20 años de ser un severo y a veces despótico dictador a verse desposeído de toda credibilidad. “Los adolescentes viven en una constante incitación, la sociedad de consumo tiene una cantidad de estímulos perenne que les da una serie de cosas muy dinámicas y móviles, pero también superficiales”, explica la profesora. “La figura del profesor como grupo social encarna esos valores de no tratar de ser famoso, de no triunfar, de no tener dinero o un gran coche, ni es el modelo del deportista esforzado y triunfador al que continuamente están expuestos los alumnos”.

Los profesores, recuerda la autora, no tienen mayor ambición que la de transmitir su conocimiento ejerciendo su autoridad pero siendo conscientes de que, tanto sus alumnos como ellos, lo ignoran casi todo. “Otra contradicción fue lo de que el aprendizaje no debe ir de arriba abajo”, recuerda. “¡Qué absurdo! ¿Los que nacen después enseñan a los que nacen antes? Ese absurdo se ha propagado: los profesores están anticuados, no se adaptan, no se reciclan…” La escuela pública española fue durante mucho tiempo un paradigma de igualdad, en el que había tantas mujeres como hombres (o más) en un clima de respeto y compañerismo.

En el debe de la sociedad española hay que añadir pequeñas decisiones promovidas desde las nuevas instancias de la autoridad educativa, como el desprecio de la memoria (“que es valiosísima para aprender; imagínate ir a la autoescuela y decir que lo que quieres es aprender distraídamente y jugando”) o el esfuerzo. “Esforzarse, luego memorizar tras haber entendido y leído, manejar textos, poner en práctica… esto es lo que te permite aprender”, explica Juanatey.

¿Mi hijo no estudia? La culpa es del profesor

Al mismo tiempo que los docentes perdían su autoridad y se veían desprotegidos ante unos alumnos cada vez más cargados de razón, la sociedad encontró un culpable propicio para todo aquello que estaba ocurriendo… Y que volvía a ser el propio profesor, tildado de acomodaticio y vago. “De repente cambió todo, y te encontrabas con que nada más entrar en clase había grupos que te recibían con un rechazo absoluto”, rememora Juanatey. “Desde todas partes empezamos a oír que éramos unos vagos. No lo éramos, simplemente no aspirábamos a grandes cosas: lo pasábamos bien preparando las clases”.

De la noche a la mañana llegó lo de que no servíamos para nada, que éramos material de desguace, ¡pero éramos los mismos que el año anterior!”, recuerda, a pesar de la voluntad de adaptación de los profesores, que introdujeron poco a poco cambios como el rediseño del aula. Pequeñas alteraciones que funcionaban si los alumnos estaban dispuestos a aceptarlas, pero que “es muy distinto si lo primero que tienes que hacer es decir a los chicos que no pueden estar espachurrados sobre el pupitre, que hay que traer el cuaderno, que así no se puede trabajar, que les pidas que no se vayan a la construcción porque son jóvenes y te respondan que eso era en nuestros tiempos… Esa clase de ambiente nos desprestigió, porque empezaron a prevalecer valores que iban en contra de todo esto”.

Juanatey habla del reciente ejemplo de las reformas llevadas a cabo por los colegios jesuitas de Cataluña para ilustrar por qué la educación en nuestro país es, desde hace 20 años, cada vez más clasista: “Si tú me das una clase de gente que en su casa tiene libros, que oye un vocabulario determinado y trata ciertas cuestiones, que viene a aprender y que van a mandarlos a Estados Unidos después del bachillerato, se pueden hacer maravillas. Pero también he dado clase en barracones como los que hay en la Comunidad Valenciana. ¿Qué hacemos, el modelo de los jesuitas con los chicos metidos en un cajón de obra? ¿Con quién lo hacemos, con los que han tenido suerte y estudian en un aula mejor? Esto no es un sistema público de enseñanza”.

Padres malcriadores para niños malcriados

Los alumnos no cambiaron de comportamiento, hábitos y costumbres por sí mismos. Ni siquiera únicamente por la ley ni por los medios de comunicación, aunque ambos favoreciesen el nuevo sistema de valores: los padres tuvieron mucho que ver. “Fue esa moda de que a los niños no se les puede contradecir, que tienen que ser creativos y libres”, explica la autora. “Fíjate ahora que los que lo defendían son los mismos que se han enamorado de la expresión ‘poner límites’. Pero era lo que decíamos todo este tiempo cuando nos ponían verdes por hacerlo. Poner límites es establecer normas, sancionar”.

Los nuevos alumnos, así como sus padres, empezaron a entender que podían exigir lo que quisieran. Entre todas esas cosas, recibir un aprobado sólo por ir a clase a diario: “Llegó un momento en que todos empezamos a aprobar más de lo debido, sabiendo que habíamos enseñado la mitad que antes”.

En una esclarecedora anécdota del libro, Juanatey recibe la visita de un padre después de que su retoño proteste por haber obtenido un dos. El padre, tras releer la prueba, no tiene ninguna duda: “Yo le habría puesto un cero”.

Parece que el profesor es alguien a quien se le exige que complazca al niño y que le apruebe.

El ambiente, alentado por Consejos Escolares, inspectores, medios de comunicación y autoridades políticas, favorecía esa percepción en la que el niño tenía la sartén por el mango. “Si a los padres se les hubiese inculcado que el niño viene a respetar al profesor y a aprender unas asignaturas y no se les hubiese dicho que estas estaban anticuadas, que el profesor no era un monigote que se tenía que quedar callado cuando el Consejo Escolar decidía que un niño podía escuchar música con auriculares, habría sido muy distinto”. No son las únicas razones: un mayor número de alumnos entró en la escuela, al mismo tiempo que los padres y, sobre todo, las madres, podían pasar menos tiempo con sus retoños.

En el colegio me gusta que los niños se diviertan”, recuerda Juanatey que decían algunos padres. “Yo considero que los profesores deben hacer esto, aquello, lo de más allá… ¿Pero usted ha estado alguna vez en una clase? ¿Usted sabe lo que le toca al profesor hoy y que todo eso tiene que hacerlo en una situación en la que no se le valora ni respeta, y además el niño dice que no vale porque no es divertido?”. Una situación que dio una nueva definición de lo que debía ser un profesor: “Alguien a quien se le exige que complazca al niño y que le apruebe”, explica la autora con sorna.

Los valores de una bella profesión

Seguramente, usted también haya escuchado aquello de lo bien que viven los profesores con sus tres meses de vacaciones al año (falso), uno de los colectivos más vilipendiados de las últimas décadas de la historia española junto a los funcionarios. Quizá porque paradójicamente no encajan en los cánones de la sociedad moderna –ambición, lujo, consumo– en los que se han criado las nuevas generaciones de alumnos. “Un profesor no tiene nada que ver con alguien que lleva marcas, que se somete a cirugía estética, o que aspira a tener un yate o ser famoso”. No, explica Juataney en el libro, los docentes no quieren un sueldo mayor, que los hagan catedráticos o que los inviten a opinar en los medios (donde, dicho sea de paso, raramente aparecen): quieren hacer su trabajo con dignidad.

La de profesor sigue siendo una profesión muy satisfactoria, pero los que empiezan ahora deben exigir más.

Esto ha sido complicado en los últimos tiempos, una situación acentuada en los años inmediatamente anteriores al estallido de la burbuja inmobiliaria, tiempos en los que nadie necesitaba tener estudios para conseguir un buen sueldo. Pero, como recuerda la autora, una sociedad que piensa que la educación no sirve para nada es “una sociedad que se engaña”. “Si miras los terribles datos del paro, hay una gran diferencia entre los que tienen preparación y los que no. Prepararse sí que sirve, porque, y en esto estoy de acuerdo con los psicólogos, aprender siempre es aprender a aprender”. Por eso, toda una generación se encontró de repente sin nada, es decir, sin preparación, “y luego se dieron cuenta de que, aunque ya no haya rosas para nadie, tener estudios te favorece”.

Paradójicamente, se ha vuelto a completar el círculo, y muchos de aquellos a los que su entorno empujó a desertar de la escuela han vuelto a la misma en busca del esfuerzo, formación, crecimiento personal y riqueza intelectual que el colegio ofrece. ¿Y los profesores? Aunque la situación sea complicada, Juanatey insiste en que quiere concluir con un mensaje positivo. “Sigue siendo una profesión realmente satisfactoria, y me gustaría animar a todos los que tienen el deseo de ser profesores, así como decirles que exijan mucho: realmente es una vida buena la del profesor”. Y no, no se refiere al dinero, el prestigio, la adulación o la capacidad de influencia de la que carecen, y a la que, de todas formas, tampoco aspiraron.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-04-21/como-la-educacion-espanola-se-echo-a-perder-contado-por-una-profesora-veterana_733989/

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Desafíos en la escuela

3 February 2015

twitter: @eugenio_fouz

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He leído “Los mejores maestros del mundo” en la revista XL Semanal (1 febrero 2015), un reportaje escrito por Carlos Manuel Sánchez. Me gusta lo que se cuenta de César Bona, maestro finalista del Global Teacher Prize. Bueno, en realidad, el propio maestro es quien narra su experiencia profesional. Le recomiendo, lector, que pruebe a leer el reportaje completo porque no tiene desperdicio.

Veo positivo que no haya maestros de las grandes escuelas con resultados óptimos en PISA puesto que los desafíos suelen encontrarse en los alumnos desamparados.

Supongo que habría mucho que hablar acerca de la necesidad o no de realizar exámenes. Richard Gerver considera innecesarias las pruebas escritas y los deberes para casa. Yo disiento. Creo que en la educación hay que evaluar, averiguar qué se ha aprendido realmente. Un alumno aparentemente interesado y participativo podría mostrarse incapaz de entender, conocer o aplicar unos conocimientos y el maestro debe enseñar y comprobar que el chaval aprende. Por otro lado, la idea de no proponer deberes para casa, implica que el alcance de la escuela se relega al edificio y no va más allá. ¿Qué pasa con el refuerzo, las lecturas, la creación de hábitos de estudio?

Estudiar, aprender latín otra vez

7 July 2014

twitter: @eugenio_fouz

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(Mark Ruffalo, actor)

Cuando era estudiante de bachillerato recuerdo las historias que contaban los veteranos sobre esta asignatura. A casi nadie le gustaba el latín. Los libros de latín se basaban en un método de gramática y traducción; de hecho, creo que esta ha sido la forma de aprender lenguas que siempre hemos seguido hasta hace unos años. Los libros no eran muy atractivos, sin embargo, a mí me gustó esta asignatura desde el primer día. Supongo que la profesora tuvo su parte de culpa también.

Hoy encuentro un libro de texto para un curso de Letras de Educación Secundaria Obligatoria que me parece un gran acierto. El libro Latín 4º ESO está editado por SM y una de las autoras es Patricia Cañizares. El enfoque propuesto recoge tres aspectos de la materia: cultura, vocabulario y gramática. En el libro se introduce de manera ordenada la idea de los orígenes de Roma y la lengua latina, su relación e influencia en el castellano y otras lenguas adornado con curiosidades, mapas y textos brevísimos para traducir. A veces tan solo frases.

Creo que la asignatura de Latín debe centrarse en la gramática y la traducción. Aprender latín significa sobre todo comprender textos escritos. Me gusta la idea de agrupar palabras en un apartado de cada tema para que el estudiante memorice su significado. En una clase de Latín se hace imprescindible un buen diccionario. Yo recuerdo el diccionario Spes,ei de entonces. Hoy conozco otro diccionario muy recomendable de Latín en la misma editorial SM y dirigido por Concepción Maldonado.

Actualmente disponemos de un lugar en las redes, Vicipaedia que procede de Wikipedia y no sería extraño escuchar audiciones de textos recitados en esta lengua clásica.

NOTA:

Hojeando el material del profesor enviado por la editorial descubro unas actividades de refuerzo en las cuales se fomenta la traducción de frases latinas al castellano y se atreve también a pedir la traducción inversa, es decir, del castellano al latín. Me parece un libro de texto atractivo, interesante y bien enfocado.

Feedback de urgencia: clase, vocabulario, práctica y herramientas

17 May 2014

twitter: @eugenio_fouz

 2014-04-26 10.28.22

Cuando una cosa no funciona es bueno preguntarse por qué no funciona, replantearse qué no se está haciendo bien y qué piensan los alumnos de la clase. La otra opción es no hacer nada.

Quería saber si preferían tener las clases en la lengua materna -castellano- y todos respondieron que no, que necesitaban aprender inglés. Uno de los chicos propuso la inserción de aclaraciones en castellano en casos puntuales. Obviamente, como profesor no es saludable acabar una lección habiendo hecho un trabajo que no ha entendido nadie.

Quise saber si les gustaba la asignatura de Inglés y he leído respuestas diciendo que sí y otras que no. Esta cuestión es subjetiva aunque no sería la primera vez que un profesor podría convertir una materia que no gusta en algo agradable. Esta es, en mi opinión, la satisfacción mayor que puede sentir un profesor. Escribí la pregunta porque es preciso saber qué les gusta y qué no les gusta.

La pregunta número 3 se refería a qué cambios harían en la clase y aquí propusieron más audios y dictados, más práctica y ejercicios en clase y una disposición más relajada para el paso de una actividad a otra. Una alumna propone mayor atención al vocabulario. Por otro lado un alumno solicita una exposición más clara de las tareas del cuaderno de clase. Me sorprende este punto ya que las tareas son anunciadas en la pizarra por medio de un icono representativo de un bloc y la palabra CUADERNO así como con una lista continua de números controlados y sincronizados en sus cuadernos y en mi dossier. Un alumno escribe que cambiaría al profesor y ahí creo que no puedo ayudar.

También propone una chica que repasemos a menudo las cosas y veo que tiene razón. Además de esto sugiere trabajar más el vocabulario y utilizar las pantallas que tenemos en el aula. Las pantallas tecnológicas interconectadas en el centro escolar era una herramiente pendiente que estoy empezando a utilizar. Un día después de haber leído el feedback de urgencia de este grupo preparé actividades de audio y vídeo, imágenes y textos expresamente para este grupo.

Pregunté si eran partidarios de hacer tareas en casa y solo los alumnos con buenos resultados contestaron afirmativamente a esta cuestión.

Memorándum.-EF; 16.05.2014


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