Posts Tagged ‘XL Semanal’

Cediendo el paso, o no (Arturo Pérez Reverte)

26 March 2018

twitter: @eugenio_fouz

“Camino por el lado izquierdo de una calle de Lisboa, subiendo del Chiado al barrio Alto: una de ésas que tienen aceras estrechas que sólo permiten el paso de una persona a la vez. Me precede un individuo joven, sobre los treinta y pocos años. Un tipo normal, como cualquiera. Un fulano de infantería que camina con las manos en los bolsillos. Podría ser portugués, o inglés, o español; de cualquier sitio. Va razonablemente vestido. De frente, por la misma acera, camina hacia nosotros una señora mayor, casi anciana. Por reflejo automático, sin pensarlo siquiera, bajo de la acera a la calzada para dejar el paso libre, atento al tráfico, no sea que un coche me lleve por delante. Lo hago mientras supongo que el individuo que me precede hará lo mismo; pero éste sigue adelante, impasible, pegado a las fachadas, obligando a la señora a dejar la acera y exponerse al tráfico.” (…)

Lea aquí el artículo completo de Arturo Pérez Reverte:

http://www.xlsemanal.com/firmas/20180304/arturo-perez-reverte-patente-de-corso-cediendo-paso-no.html

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Esas cosas que a uno se le ocurren a fin de año (Carmen Posadas)

4 February 2018

twitter: @eugenio_fouz

(Carmen Posadas, escritora)

Esas cosas que a uno se le ocurren a fin de año

Carmen Posadas

XlSemanal, 1.01.2018

Este año, en vez de hacer buenos propósitos para el 2018, me ha dado por mirar atrás con cierta benevolencia. No es habitual en mí. Por lo general soy inmisericorde conmigo misma (consecuencias de mi educación victoriana, me temo). Pero esta vez, en cambio, decidí no sacarme defectos, sino ver qué había aprendido sobre esa asignatura que podríamos llamar ‘Los afectos’. No los familiares, tampoco necesariamente los románticos, sino los que uno entabla en general. O dicho de otro modo, los que se buscan en otras personas sabiendo que, como decía Oscar Wilde, hay que tener mucho cuidado con los deseos, porque corre uno grave peligro de que se cumplan. Así, si miro atrás y veo lo que buscaba de joven, eran amigos y festejantes que fueran lo más sensacionales posibles. El novio más vistoso, la amiga más divertida, el amigo con el casoplón más grande. Después de que el novio vistoso resultara un narciso de libro, la amiga divertida, agotadora, y el amigo del casoplón, más aburrido que chupar un clavo, maduré. «Ah, no –me dije–. Se acabó valorar a la gente por lo externo, olvidemos el continente y vayamos al contenido», y aposté por el intelecto. A partir de ese momento decidí que lo más atrayente de otras personas era su inteligencia. Y no me fue mal, al menos al principio. Me encantó encontrar personas con las que podía hablar de Shakespeare o de santa Teresa sin miedo a que me tomaran por una sabionda, horrible pecado en una sociedad en la que es infinitamente más aceptable pasar por ignorante que por pedante. También disfruté mucho escuchando. Soy lo que se dice una oreja perfecta y me da igual que el tema sea la paradoja del gato del señor Schrödinger o los ritos de apareamiento de la mosca del vinagre, todo me interesa. Esta fue mi elección durante la cuarentena y la cincuentena y no digo que haya abjurado del todo de ella. Pero al entrar en la sesentena he descubierto que empiezo a valorar algo que con cuarenta años me parecía aburrido y, con cincuenta, solo un premio de consolación. Hablo de la bondad. Fíjense que escribo ‘bondad’ y me echo a temblar, porque soy muy consciente de que suena blandiblú o a aburrimiento supino, sobre todo cuando hablamos de una pareja.

Me interesó leer hace poco que en realidad soy muy poco original. Que mi escala de valores coincide punto por punto con la de la mayoría. Decía Schopenhauer, que dedicó muchos de sus esfuerzos a estudiar esa deliciosa, inexplicable y, por encima de todo, arbitraria pulsión que llamamos ‘amor’, que lo que uno busca como pareja son en realidad personas con las que no solo tiene muy poco que ver, sino que posiblemente jamás elegiría como amigas. Según él, esto se debe a que lo que uno busca inconscientemente es la genética más adecuada para procrear: el más fuerte, el más codiciado, el más guapo también. Que este perfil coincida con frecuencia con los más egocéntricos o los más infieles es más que comprensible.

Por suerte uno crece y ya no necesita aparearse. Busca entonces personas de gustos afines, en mi caso, la curiosidad intelectual, por ejemplo. Pero sigue uno cumpliendo años y ¿qué busca entonces? Simplemente lo que necesita en ese particular tramo de la vida. Ni al más guapo ni al más importante ni tampoco al más inteligente, sino al que más lo querrá y mimará. El que no brilla, pero no falla; el que no sabe quién es Schopenhauer, pero cumple sus teorías al pie de la letra. El cálido, infalible y redentoramente bueno. Lástima que tenga uno que hacerse viejo para aprender algo tan elemental.

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Lea la versión original aquí:

https://tinyurl.com/y7u53u2a

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Desafíos en la escuela

3 February 2015

twitter: @eugenio_fouz

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He leído “Los mejores maestros del mundo” en la revista XL Semanal (1 febrero 2015), un reportaje escrito por Carlos Manuel Sánchez. Me gusta lo que se cuenta de César Bona, maestro finalista del Global Teacher Prize. Bueno, en realidad, el propio maestro es quien narra su experiencia profesional. Le recomiendo, lector, que pruebe a leer el reportaje completo porque no tiene desperdicio.

Veo positivo que no haya maestros de las grandes escuelas con resultados óptimos en PISA puesto que los desafíos suelen encontrarse en los alumnos desamparados.

Supongo que habría mucho que hablar acerca de la necesidad o no de realizar exámenes. Richard Gerver considera innecesarias las pruebas escritas y los deberes para casa. Yo disiento. Creo que en la educación hay que evaluar, averiguar qué se ha aprendido realmente. Un alumno aparentemente interesado y participativo podría mostrarse incapaz de entender, conocer o aplicar unos conocimientos y el maestro debe enseñar y comprobar que el chaval aprende. Por otro lado, la idea de no proponer deberes para casa, implica que el alcance de la escuela se relega al edificio y no va más allá. ¿Qué pasa con el refuerzo, las lecturas, la creación de hábitos de estudio?


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