Posts Tagged ‘EL PAÍS’

El maestro que todos tuvimos (Juan Cruz Ruiz)

14 January 2017

twitter: @eugenio_fouz

Dvd 327 (06-06-08). Entrevista con Juan Cruz, escritor © Gorka Lejarcegi

Juan Cruz, periodista

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artículo de Juan Cruz Ruiz (@cosmejuan) en EL PAÍS (@el_pais)

El maestro que todos tuvimos 

JUAN CRUZ

Se acabó la Navidad, que incluye los Reyes; la sustancia, desmentida por el extremo uso del comercio, es el afecto; la gente se regala para regalarse a la vez. Y todo es caro, menos lo que queda de la mirada de los niños. Ellos no conocen aún las estadísticas ni los precios de la felicidad impostada que se exhibe en los escaparates y que luego forma parte de sus cuartos. Después vendrán otras ambiciones, la edad adulta, las distintas versiones brumosas de la ruina. Dice el poeta canario José Luis Pernas que hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo. Y eso es la vida, la búsqueda de una esperanza para seguir viviendo.

Pero hay una imagen, escolar y adulta, que no nos deja nunca, que es una fortuna y a la vez una ilusión retrospectiva que marca y ejecuta la escultura de niebla que es el futuro. La imagen del maestro, ese hombre que levanta las persianas de la escuela y que luego maneja, con el saber de enseñar, con el saber de aprender él a la vez que enseña, el momento más importante de todos: cuando la vida se sitúa en el exacto momento en que todo puede ser posible o todo se puede ir al garete.

Ese es el momento del maestro; los padres se fueron a trabajar, se despidieron de ellos mismos, y tú ya eres pupitre y encerado, y un hombre o una mujer hablando desde un altillo, junto a un mapa, al lado de un tintero viejo, junto a un encerado; o bien todo es nuevo y el maestro lleva un iPad, un móvil, un power point, esas cosas, y tú tomas notas en cada uno de los soportes que han ido variando con el tiempo.

Instrumentos aparte, la imagen es la misma: esa persona, hombre o mujer, que abre el aula, da al botón de la luz, se dispone a decirnos lo que sabe, calma la algarabía con historias que tú no conocías. Es el momento en que aún no miramos con cinismo lo que pasa o lo que nos dicen. Somos alumnos, el maestro o la maestra nos están diciendo por dónde se va a los ríos, a los libros, es el mayor de los afectos: enseñar.

Y después viene la gratitud, nunca el olvido. Desde hace unos días circula por la Red una de las imágenes más emocionantes de esta historia. Circula por ahí esa imagen, pero circula también por nuestras venas. Un maestro francés, el señor Donnat, deja el aula, pasea cabizbajo por el sendero que han abierto centenares de muchachos que son o fueron sus alumnos; lleva en la mano una bolsa de papeles, regalos seguramente, los aplausos lo acompañan hasta que el sendero se acaba y para él se abre el futuro, que ya tiene tanto pasado; detrás se queda un futuro perfecto, que él ha ayudado a cimentar.

Es inevitable que ese nombre propio, el de un francés cualquiera que además es maestro, se confunda con el nombre que está en nuestra memoria de los maestros, don Emilio, don Domingo, don Luis, la señorita Meca… Quién no tiene ese nombre que ahora aplaudimos, haciéndole pasillos, desde la memoria, a quien nos enseñó a deletrear la palabra aprender.

EL PAÍS, 9.01.17

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Lea el texto en edición de @el_pais aquí:

http://tinyurl.com/gks6p5j

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¿Quién ha de hacer los deberes? (Elvira Lindo)

18 December 2016

twitter: @eugenio_fouz

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[Risa Hirako, modelo]

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artículo escrito por Elvira Lindo

El País.-17122016

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¿Quién ha de hacer los deberes?

ELVIRA LINDO

 17 DIC 2016

El País (@el_pais)

“La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar.

Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa.

Apunto algunos: Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.”

artículo escrito por Elvira Lindo (@ElviraLindo), 171216 

Lea, si lo prefiere el artículo en versión original @el_pais:

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/16/actualidad/1481904945_360479.html?id_externo_rsoc=TW_CM

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“Ali, el rey del mundo” por John Carlin

7 June 2016

twitter: @eugenio_fouz

Muhammad-Ali

John Carlin escribe la impresión que le produjo Harold Wilson y más adelante un boxeador narcisista que soltaba frases lapidarias como esta: “Sólo un hombre que sabe lo que se siente al ser derrotado puede llegar hasta el fondo de su alma y sacar lo que le queda de energía para ganar un combate que está igualado”. 

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Ali: el rey del mundo

JOHN CARLIN 

El boxeador era una especie de magia, una esquizofrenia consciente, una energía tan ambigua como potente y arrolladoramente seductora

EL PAIS 4 JUN 2016

“El boxeo no me interesó antes de Muhammad Ali ni me interesó después pero fue —es— el ídolo de mi vida. Recuerdo la primera vez que me enteré de su existencia como si fuera ayer. Fue en 1964, cuando yo tenía siete años, al leer un artículo de un diario argentino, el “Buenos Aires Herald”, publicado a dos columnas al lado derecho de la última página. Lo veo ahora. Veo la foto, con él mirando a la cámara, sudoroso y extasiado; veo el titular, anunciando que era el nuevo campeón mundial de los pesos pesados tras derrotar al aparentemente invencible Sonny Liston; y veo el texto, citando sus primeras palabras en el ring después de que Liston se negase a salir a pelear al comienzo del séptimo round tras la paliza que le había dado Ali en el sexto. “I shook up the world!”. Sacudí al mundo. “I am the prettiest!”. Soy el más guapo. “I am the greatest!”. Soy el más grande.

Se lo creí entonces y lo sigo creyendo hoy.

Desde aquel día vi todas sus peleas, deseando que ganase como jamás he deseado que nadie nunca ganara nada, pero no fue hasta que cumplí 13 años cuando descifré lo que me había pasado con este hombre de un país que no era el mío, de una raza con la que no había tenido ningún contacto personal. Mi padre había intentado convencerme que la gente más admirable era la más inteligente y erudita. Él era muy fan de Harold Wilson, el entonces primer ministro británico y gran cerebro que había sacado brillantes notas en la Universidad de Oxford.

Tuve mi momento de revelación y de rebeldía a aquellos 13 años cuando vi una larga entrevista con Ali en la BBC y entendí que Wilson era un enano junto a él. Era de noche y me quedé hipnotizado de principio a fin. Tenía un tremendo sentido del humor y tanto yo como el público que juntó la BBC para presenciar la entrevista en directo nos partíamos de la risa. Rápido e ingenioso en sus respuestas, de repente soltaba un poema que él había compuesto proclamando su propia gloria. Pero con sus ojos, con su sonrisa, con sus muecas nos hacía cómplices de su fanfarronería. Como que nos estaba diciendo: no me tomen en serio, pero tómenme en serio. Estoy interpretando el papel de Muhammad Ali, pero este es el auténtico Muhammad Ali. Me río de mí mismo pero cuando digo que soy “the greatest” también me lo creo, y más vale que os lo creáis vosotros. Era una especie de magia, una esquizofrenia consciente, una energía tan ambigua como potente, y arrolladoramente seductora.

Ali era la definición del carisma; era el carisma hecho carne —equiparable a una figura de leyenda como el Aquiles de Homero, o histórica como Napoleón, o Bolívar, o Garibaldi—. Su único rival contemporáneo, para mí, ha sido Nelson Mandela, pero lo conocí cuando yo era ya adulto y mi visión de él pasó por un filtro cerebral. Ali me llegó a las vísceras, directo como un golpe al estómago.

¿Qué es el carisma? El carisma es una luz que se transmite a partir de una colosal confianza en uno mismo, de saber, sin la más remota duda y mucho, mucho más allá de mezquindades como la altanería o su hermana gemela, la inseguridad, que uno es grande y especial. Ali creó un grandioso personaje y, con enorme generosidad, se lo regaló al mundo.

Soy un fanático del deporte y he presenciado grandísimos partidos y extraordinarias hazañas pero nada, nada que compare con la pelea entre Ali y George Foreman el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire. Yo tenía 18 años. En Londres, donde vivía, solo se podía ver la pelea en vivo yendo a las dos de la mañana a un cine en Brixton, un barrio que en aquel entonces era una especie de gueto poblado mayoritariamente por negros y que, quizá injustamente, tenía fama de ser peligroso. La entrada me costó todo el dinero que tenía ahorrado tras trabajar durante las vacaciones de verano en una fábrica. Nunca hice una mejor inversión.

Foreman, un monstruo, entró al ring primero. Daba miedo verle. Había aniquilado en un round a rivales que Ali había sufrido en 15 para derrotar. Sus bíceps eran más anchos que los muslos de Ali. Empezó la pelea y durante los cuatro primeros rounds Ali se atrincheró contra las cuerdas, cubriéndose la cabeza con los guantes, recibiendo un golpe brutal tras otro en el abdomen sin devolver ninguno. Todos en el cine, parecía que todos negros menos yo, estábamos desolados. Esto era una masacre. El quinto round empezó igual pero de repente, cuando todo parecía perdido, emergió el fénix de las cenizas. Ali empezó a boxear como solo él sabía, bailando. Flotando como una mariposa, picando como una abeja. Un golpe con la izquierda le retorció la cabeza a Foreman y una gota gruesa de sudor saltó de su rostro, salpicando el suelo. En el cine nos pusimos todos de pie. Cuando cayó Foreman a la lona en el octavo y el árbitro contó a diez, con Foreman incapaz de levantarse, el rugido en Brixton se habría oído en el Congo. No conocía a nadie a mi alrededor pero nos abrazamos todos como hermanos.

He visto jugar a Pelé y a Maradona, a Tiger Woods, a Federer y a Nadal, a Cristiano Ronaldo y a Leo Messi. Ellos pertenecen al deporte. Ali pertenece a todos. “¡Soy el rey del mundo!”, clamaba, y era verdad. No solo nadie redefinió el deporte como Ali sino que nadie lo trascendió como él. Fue un gigante, una fuerza elemental de la naturaleza, un huracán humano. Falleció tras batallar en la penumbra durante tres décadas contra su enemigo más implacable, la enfermedad de Parkinson. Pero para mí, y para muchísimos más de todas las razas y todas las creencias en todos los rincones de la tierra que tuvimos la fortuna de vivir en sus años de gloria, es inmortal.”

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publicado en @el_pais, 5/06/2016

http://tinyurl.com/hc9utbn

Releyendo “El país que queremos” de Cebrián

13 July 2012

twitter: @eugenio_fouz

(Edward Hopper)

Un país libre y justo en el que los individuos estén informados y compartan opiniones y debates sin gritos ni estridencias; este país es el que yo quiero.

Ayer, después de escuchar y leer la despedida de un periodista de radio me vino a la cabeza este artículo de Juan Luis Cebrián que podría leer todos los años y seguir siendo actual. Gracias por esto, Cebrián.

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TRIBUNA:TRIBUNA LIBRE

El país que queremos

JUAN LUIS CEBRIÁN .-4 MAY 1976

“Desde las fechas ya lejanas en que a un grupo de periodistas e intelectuales españoles se les ocurriera la idea de fundar EL PAIS, éste se ha soñado siempre a sí mismo como un periódico independiente, capaz de rechazar las presiones que el poder político y el del dinero ejercen de continuo sobre el mundo de la información. Nuestro país no tiene tradición reciente en el uso de ningún tipo de libertades, y nuestra experiencia al respecto, en el terreno de la Prensa, es absolutamente pobre. Los diarios y los periodistas españoles hemos vivido -incluso los que somos todavía jóvenes- años de una censura y un dirigismo tan férreos que sus frutos merecerían los honores de un museo celtibérico de muchas plantas si no fuera porque han constituido un daño irreparable para la cultura, el pensamiento y la política de nuestra nación. La realidad es que hasta 1966 la Prensa española no consistió sino en un aparato de propaganda del régimen y sus beneficiarios, en una actitud de desprecio total hacia el lector y sus derechos. A partir de la publicación de la actual Ley de Prensa e Imprenta los diarios pudieron soltar, tímidamente primero, más cómodos después, algunas de las amarras que les ataron durante tanto tiempo. Pero se han mantenido hábitos y vicios difíciles de borrar. La veneración al poder que el franquismo enquistó entre nosotros es todo lo contrario de lo que una Prensa libre necesita si quiere convertirse en un instrumento de participación y diálogo al servicio de los ciudadanos.Durante cuarenta años los lectores españoles han sido convenientemente amaestrados para la llamada crítica constructiva, adjetivo éste inventado por la clase dirigente a fin de evitar toda crítica a secas que perjudique o ponga en peligro sus intereses. El poder político nos está inundando desde hace algún tiempo con argumentaciones y promesas sobre la reforma democrática, pero se olvida con frecuencia que esta reforma es imposible si los mismos detentadores del poder no están sinceramente dispuestos a dejarlo.

Los niveles de libertad de Prensa en nuestro país, al margen de innegables avances obtenidos en el pasado reciente, siguen siendo muy bajos para lo que la democracia tradicional exige. La información sobre las actividades de los ministros o los directores generales copa en gran parte los espacios de “política” de los periódicos, que dedican páginas y páginas a discursos oficiales que nadie lee pero cuya publicación aplaca -teóricamente al menos- otras iras desatadas. Sería una petulancia que hoy mismo viniéramos nosotros a decir cómo es preciso hacer las cosas. No, pensamos que somos mejores que los demás, aunque aspiramos a ser distintos en algo y desde luego a que al cabo de unos meses se pueda reconocer que no lo hacemos mal del todo. Pero la actitud y el tono de la Prensa diaria tienen que cambiar si se quiere ayudar a la construcción de una democracia en nuestro país. En la medida de nuestras posibilidades, nosotros trataremos de hacerlo.

Este periódico ha sido posible porque hay muchos miles -yo diría que cientos de miles- de españoles que piensan efectivamente esto que decimos. No son de derechas ni de izquierdas o mejor dicho, y precisamente, son de derechas y de izquierdas, pero ninguno opta por expender patentes de patriotismo, ni piensa que la mejor manera de convivir sea la que desgraciadamente se nos ha querido enseñar en el pasado: la supresión del adversario. Porque nacemos con talante y concepción liberales de la vida -en lo que de actual y permanente tiene la palabra y en lo que significa elrespeto a la libertad de los hombres- la tribuna libre de EL PAIS estará abierta a cuantas gentes e ideologías quieran expresarse en ella, con la sola condición de que sus propuestas, por dicutibles que sean, sean también respetuosas con el contrario y propugnen solucciones deconvivencia entre los españoles.

Por lo demás sería injusto e inelegante terminar este breve saludó de cuatro de mayo sin recordar también que otras cosas, además de los deseos de libertad y democracia, han hecho posible que comenzara la aventura de EL PAIS: la constante paciencia de medio millar de accionistas que durante tres años soportaron sin deserciones las negativas del Gobierno a conceder el permiso de publicación, y el entusiasmo de doscientas personas, que robándole horas al sueño y trabajando contra reloj desde hace sólo tres meses pueden presumir sin reparos de haber puesto hoy un periódico en la calle. Estas cosas tienen que ser humilde y públicamente agradecidas. En catorce años de periodismo activo no había visto nunca un grupo humano tan entusiasmado con sacar adelante su tarea. Y no seremos nosotros, pero alguien sí debería escribir el relato de los protagonistas anónimos de la historia que hoy comienza y que quiere ser no una historia particular y concreta, sino símbolo real de algo más definitivo e importante: el,advenimiento de un régimen de libertad y unas formas de convivencia, modernas y civilizadas entre los españoles.”

(Publicado en EL PAÍS, martes 4 de mayo de 1976)

http://elpais.com/diario/1976/05/04/opinion/200008801_850215.html

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