Posts Tagged ‘profesor’

Qué no hacer en un examen (16 consejos)

4 May 2017

twitter: @eugenio_fouz

Examen de la asignatura de Lengua castellana y literatura

1.Copiar o hacer trampa

2.No estudiar nada

3.Estudiar muy poco

4.Dejarlo todo para el día anterior a la prueba

5.Escribir con mala letra o con prisa

6.Una vez hecho el examen, no repasarlo es la estupidez más grande del mundo (después de copiar, claro)

7.Cometer faltas de ortografía

8.Carecer de la utilísima habilidad de “vista de pájaro” (no para lo que está pensando, sino para ordenar las ideas y dominar sin dudas las fechas, los lugares, las obras, los autores, el contexto social e histórico, las características, etcétera)

9.Escribir una fecha sin la seguridad de que es la fecha correcta, por ejemplo, escribir que La Celestina apareció en 1492 (el año del descubrimiento de América). Se cree que aparecía en 1499 o alrededor del año 1500, esto es el siglo XVI. El alumno no debería escribir una fecha disparatada como 1984 o cualquier otra alejada de la época en que aparece una obra. 

10.No leer

11.No tener curiosidad

12.No ordenar las ideas antes de empezar a escribir

13.Contestar de manera excesivamente breve a las preguntas  

14.Emplear lenguaje inadecuado en el ámbito académico y poner, por ejemplo, que “Calisto estaba coladito por Melibea” o que “la Celestina parecía cabreada con Sempronio“. Podría escribir que Calisto estaba enamorado de Melibea y que la Celestina parecía molesta con Sempronio

15.Escribir el título aproximado, de forma inexacta y pensar que no tiene importancia cambiar “La vida es sueño” de Calderón de la Barca por “Todo era un sueño en la vida

16.Olvidar lo aprendido

 

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https://www.pdf-archive.com/2017/05/05/que-no-hacer-en-un-examen-ef/

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“El mejor examen que he corregido nunca”

13 April 2017

twitter: @eugenio_fouz

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EL MEJOR EXAMEN QUE HE CORREGIDO NUNCA

por Alfonso Méndiz

Hoy he corregido los exámenes de Publicidad, y uno de ellos me ha emocionado. En vez de la respuesta a 4 grandes preguntas, me he encontrado con un examen titulado “La suerte no existe”. Es la historia de dos amigos, Catalina y Luis, que tuvieron la fortuna de hallar la semilla de un trébol de 4 hojas, la única flor con poderes mágicos.

Pero la actitud de ambos fue muy distinta. “Mientras Cati la cuidaba durante los 100 días de su gestación, Luis se pasó los primeros 99 días de festejo en festejo. No dedicó ni un instante a pensar en el trébol. Con el paso de los días, incluso llegó a olvidar la suerte que había tenido.

Al amanecer del día 100, ocurrió lo esperado. Cati cosechó un precioso trébol de 4 hojas, que le otorgó poderes mágicos. Por el contrario, Luis cosechó el mayor suspenso de toda su vida. Pobre Luis. Aprendió la lección, pero nunca más tendría la oportunidad de cosechar el trébol de 4 hojas en el día en que debería haberlo hecho. Y es que la suerte sólo existe si haces que exista.

Te pido y me pido perdón por este suspenso, Alfonso. No he estudiado lo suficiente, y tampoco he querido contestar barbaridades. Espero que, al menos, hayas pasado un buen rato”.

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Noticia leída en El Correo:

http://tinyurl.com/l8gyyez

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Erudición (Manuel Vicent)

5 February 2017

twitter: @eugenio_fouz

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Erudición 

por

MANUEL VICENT

EL PAÍS (5 FEB 2017)

En las tertulias de antaño siempre había un erudito que lo sabía todo. Recordaba nombres, fechas y datos con absoluta precisión gracias a su privilegiada memoria alimentada por múltiples, diversas y a veces inútiles lecturas. Ante cualquier discusión se recurría a él en última estancia para que ejerciera de tribunal de casación. Hoy el prestigio de esta clase de sabios, ganado a pulso después de quemarse las pestañas leyendo montones de libros, ha desaparecido. La erudición ya no sirve de nada. Ahora en cualquier debate en que las partes se obstinan por tener razón, mientras la disputa se alarga y adquiere una elevada temperatura, tal vez el más tonto del grupo que ha permanecido callado picotea discretamente en el iPhone y cuando la discusión alcanza un encono sin salida, exhibe el veredicto inapelable que dicta la pantalla del móvil como si fuera el ojo de halcón. He aquí la verdad sacada con la punta de los dedos del légamo digital. El prestigio está en manos de cualquier garrulo que sepa manejar mejor y más rápidas las cinco yemas para extraer la razón del Google. El inicio de la Edad Moderna lo marcó el invento de la imprenta. La edición masiva de libros terminó con el argumento de autoridad, que estaba en manos hasta entonces de clérigos, leguleyos y sanadores, como una fuente de poder frente a la ignorancia de la gente. Una revolución semejante se produce ahora en medio del bosque digital donde el alumno puede sacarle el ojo de halcón al profesor, el paciente al médico, el analfabeto al filólogo, el idiota al científico y el reo al juez. La cultura es hoy una enloquecida barra de bar que circunda el planeta y la política mundial está presidida por un venado con una cornamenta de 14 puntas, toda de oro, un Calígula que gobierna el imperio con los dedos movidos por el odio, la ignorancia y la estupidez.

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http://elpais.com/elpais/2017/02/03/vinetas/1486124713_689827.html

Un blog, un profesor, una clase

17 December 2016

twitter: @eugenio_fouz

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Hay un profesor de Formación Profesional a quien he empezado a tratar en redes sociales. Escribe un blog: eFePeando. El profesor se llama Óscar Boluda Ivars. Estoy hojeando su blog ahora mismo. Copio y guardo una carta abierta a sus alumnos fechada el 14 de febrero de 2015. Actualmente, Óscar imparte clases de Formación Profesional de Logística y Márketing.

Sigo leyendo cosas de su blog que me dejan pensando. He compartido un decálogo motivador para los alumnos escrito por él en mi página de mediumhttps://medium.com/@eugenio_fouz/decálogo-molón-para-motivar-a-tus-alumnos-óscar-boluda-ivars-oscarboluda-a07b9b38acd9#.itxr3p37h

La carta abierta que escribió este profesor a sus alumnos es una de esas que a muchos nos gustaría haber escrito alguna vez. Me veo reflejado en su escrito. Dentro de su blog eFePeando encuentro una reflexión que nos propone a todos los profesores. Boluda Ivars la titula así: 10 preguntas para ti, profesor.

http://www.efepeando.com/2014/01/10-preguntas-para-ti-profesor.html

Ahora mismo ya estoy manteniendo correspondencia con Óscar a través del correo electrónico y en el Bosque Sagrado.

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Del blog eFePeando :

http://www.efepeando.com/2015/02/carta-abierta-mis-alumnos.html

Tal vez no sea este el espacio más adecuado para comunicar algo a mis alumnos. Quizás me resulta más cómodo escribir estas palabras que expresarme verbalmente. De todos modos, quiero con esta carta abierta, mostrar mi agradecimiento a un curso de alumnos que ya han terminado sus clases en mi escuela y están a punto de continuar su formación en la empresa.

“Quiero agradeceros públicamente vuestro saber estar, vuestro cariño, vuestro buen humor, vuestra buena convivencia, vuestra flexibilidad y vuestro esfuerzo. Todos y cada uno de vosotros, en mayor o menor medida, habéis mostrado buen carácter para sacar los módulos adelante. Habéis sabido solucionar los problemas cotidianos sin injerencias del profesorado.

Sin vosotros no habría podido disfrutar de mi profesión. Sin vuestro ánimo y buenas palabras no habría ido cada día a trabajar con ganas de entrar en el aula. Sin vosotros me hubiera resultado ingrato el tiempo dedicado a preparar las clases. Porque con vosotros he podido experimentar, con mayor o menor éxito, otra forma de enseñar y aprender más memorable. Os debo igualmente disculpas por soportar posibles impertinencias, faltas de paciencia o por los sufridos cortes en la red wifi…

Uno a uno, sois todos unos tipos fantásticos. Cada uno de vosotros sobresale en algo: bondad, idiomas, memoria, ironía, tesón, viveza, sacrificio, competencias digitales, inquietud, agudeza, constancia, comprensión, cariño, experiencia personal, empatía, sensibilidad, buen carácter, discreción, tolerancia, resolución, ingenio, etc. Pese a ciertas obligaciones ministeriales, que me obligan a calificaros numéricamente, no sois una cifra para mi. Cada uno de vosotros sois únicos. Ojalá os siguiera disfrutando en mis clases. Aún así, confío en vuestros compañeros que vienen detrás. Estoy seguro, pese a los que no confían en la juventud actual, que seréis buen ejemplo a los que os preceden.

Tras casi dos cursos con vosotros, podéis estar seguros de haber alcanzado todos los objetivos necesarios en buen profesional: conocimientos técnicos y competencias personales. Digan lo que os digan, sois excelentes. Aún así, esto acaba de empezar, y vale la pena recordar que siempre podemos seguir aprendiendo para crecer como personas; que debemos hacer nuestro trabajo lo mejor posible. ¡Qué no sea por falta de ganas! Que no vale la pena la comparación constante. Que sí compensa el esfuerzo por aquello que es justo o favorable a otros.

Muchas gracias de nuevo por acompañarme en mi trabajo. Un trabajo que, ciertamente, es una parte importante de mi vida. Os echaré de menos. Me habéis hecho feliz.”

Óscar Boluda [@oscarboluda]

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El blog:

http://www.efepeando.com

Descargo de responsabilidad de un profesor en clase (disclaimer)

20 November 2016

twitter: @eugenio_fouz

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Descargo de responsabilidad 

Copyright © 2016

Desde el momento en que usted se encuentra en un aula entiende y acepta que debe cumplir unas normas elementales de comportamiento. En un centro educativo en el que se instruye a los alumnos hay asignaturas con las que tratar conceptos teóricos y prácticos, hay alumnos como usted y profesores como yo que quiere desempeñar su trabajo de la mejor manera posible. Si se fija un poco, a lo mejor descubre a profesores apasionados por la enseñanza de su asignatura que pretenden además convertirla en algo atractivo para usted. Note cómo el alumnado respetuoso y participativo logra obtener clases interesantes y amenas, aprende cosas y está cómodo en el aula.

No debería creer, por otro lado, que el profesor viene a clase a entretenerle, a pasar el rato o a caerle simpático. La tarea del profesor es enseñar su asignatura a un alumno que atiende, aprende y estudia.

Cuente con momentos en los que preferiría estar en otro lado porque tendrá que copiar una tarea, hacer ejercicios, leer un texto, o simplemente estar en silencio. Cuente también con momentos en que no cambiaría estar en clase por nada. Un buen estudiante dedica su esfuerzo a los libros y el estudio dentro y fuera del centro educativo.

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Recuerde lo que NO DEBE hacer en clase:

1/hablar cuando alguien habla (profesor o compañero)

2/usar o exhibir objetos ajenos al objetivo de la escuela (teléfonos móviles, naipes, bebidas alcohólicas, tabaco, diccionarios, drogas, tamagotchis, cámaras de fotos, jirafas, manuales de gramática, cómics, postales, muñecos de vudú, periódicos, revistas, aparatos de radio, reproductores de mp3, etcétera)

3/gritar

4/mirar el reloj constantemente

5/copiar en un examen

6/olvidar (o decir que ha olvidado) el libro de texto, el cuaderno, o cualquier otro material necesario en el aula

7/desoír las indicaciones del profesor

8/contestar de malas formas

9/mentir

10/ser deshonesto

[Si se le ocurren otras, por favor, comuníqueselas al profesor.]

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SUGERENCIAS:

Sea amable con sus compañeros y el profesor.

Propóngase aprender algo cada día.

Intente escribir con caligrafía clara.

Lea despacio, separe las palabras mientras lee y trate de vocalizar bien.

Si es consciente de que algo va mal o no funciona, cambie de actitud, es decir, cállese, preste atención al profesor y aproveche el tiempo. Tome apuntes, concéntrese, lea.

Si eso no funciona, cámbiese voluntariamente de sitio.

No espere aprender algo sin hacer nada.

Eugenio Fouz.-21112016

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5 páginas (asistencia, decálogo de exámenes, disclaimer)

https://document.li/x0n4

La respuesta de un profesor español indignado al experto en educación Marc Prensky

21 October 2016

twitter: @eugenio_fouz

atticus

Gregory Peck (Matar a un ruiseñor, Harper Lee)

Leo un artículo de prensa fechado hace dos años que no me deja para nada indiferente. Lo firma Alberto Royo. Busco en google su nombre pretendiendo llegar a él a través del Bosque Sagrado que es Twitter. Lo encuentro con una cuenta bajo el nombre de Profesor Atticus. Tiene pocos seguidores en la red ratificando la idea profética de Rubén Caviedes (autor en Jot Down magazine) que evoca la figura del filósofo Sócrates en el mundo de hoy, poco popular y casi anónimo en redes sociales. Ya había ocurrido algo parecido con otro articulista, Gonzalo Ugidos  (@kalminari). En fin, el profesor de música es @profesoratticus en Twitter. Dejo el texto íntegro escrito por Alberto Royo a continuación:

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Alberto Royo

Uno intenta ser siempre moderado en sus valoraciones, pero cada vez es más difícil analizar con seriedad y mesura, evitando la causticidad como válvula de escape, las ocurrencias de quienes se dicen (y a quienes se denomina) «expertos educativos». Y son legión. Abundan, proliferan y se multiplican de forma exponencial. Y lo peor es que sus vacuas pero seductoras suposiciones son tenidas en cuenta y amplificadas por los medios de comunicación. Este y no otro es el motivo por el que, una vez más, me veo obligado, por responsabilidad cívica y dignidad profesional, a salir al paso de los dislates proferidos (y recogidos en ABC) por Marc Prensky, consultor, «experto educativo» reconocido mundialmente como tal.

En una entrevista publicada en la edición digital de ABC, el «experto» Prensky lo daba todo, comenzando por el soberbio (y no va con segundas) titular: «Los profesores de hoy deberían eliminar las clases magistrales». No quiero extenderme demasiado en esto de la magistralidad despreciada, todo un mantra de la neoexpertología educativa, pero sí quiero recordar que una clase magistral es aquella en la que el docente demuestra al discente su maestría (su pericia, su oficio, su sapiencia, su conocimiento…). La palabra «magistra» hace referencia al propio ejercicio del magisterio, esto es, de la enseñanza.

Otra cosa es que Prensky, como muchos de los que participan de esta moda de reprobar al profesor y explicarle cómo debe trabajar, se empecine en asociar la autoridad intelectual de quien atesora el conocimiento con oscuras intenciones humillar y/o atormentar a quienes no saben, precisamente porque requieren de alguien que les enseñe (si todos supieran, no sería necesaria la trasmisión de estos conocimientos), como si saber más (y, en principio, como digo, debemos admitir que entre profesor y alumno el primero sabe más que el segundo) conllevara la voluntad de afear la inferioridad del otro.

Así, se impone una igualdad ficticia entre ambos que evita que el «pobre» alumno pueda sentirse afligido, se desdeña la capacidad del profesor y se caricaturiza su labor, tanto más cuanto mayor sea la competencia de este y sus deseos de formar a un nivel de excelencia. Y llegamos de esta manera a la unión, más que forzada pero ya habitual, entre la idea de clase magistral y la de degradación, doblegamiento, vejación del alumno. No exagero. Según Prensky, «la realidad en la que viven los niños y jóvenes es cada vez más cambiante, incierta, compleja y ambigua» (infortunados pequeñuelos), «su capacidad de atención no ha cambiado» (la perspicacia no parece caracterizar a Mr. Prensky). «Pero», continúa, «sí» han cambiado «su tolerancia y sus necesidades». «No quieren charlas teóricas», sigue. «Quieren que se les respete, se confíe en ellos, y que sus opiniones se valoren y se tengan en cuenta».

O sea, que los chicos no quieren teoría. Y, si no quieren, ¿quiénes somos nosotros para aburrirlos con nuestras batallitas? Quieren que se les respete, se confíe en ellos y se valoren sus opiniones. Bien, no conozco profesores que entren en clase con deseos irreprimibles de faltar al respeto al alumno de la cuarta fila (en todo caso de que no se lo falten a él, si no es abusar). En cuanto a la confianza en los alumnos, me resulta una reclamación ciertamente sui generis. ¿Debo confiar en mis alumnos? No lo sé. ¿En todos? ¿Por qué? ¿Confiar en qué sentido?

Esto me recuerda a una señora muy educada, fan de la Educación Waldorf, con la que coincidí en un debate, que me preguntaba, fuera de cámara, si «quería» a mis alumnos. «Querer, querer…», le dije yo, «…más que nada los respeto…» ¿Y sus opiniones? Pues no tengo especial interés en no valorarlas, pero tampoco en hacerlo a toda costa. No creo que sea esa mi función como docente. ¿Son relevantes las opiniones de mis alumnos? ¿Respecto a qué? ¿Tengo que escucharlos antes de presentar una actividad, plantear unos contenidos o corregir un examen?

Sinceramente, no creo que el alumno deba ser, de ninguna manera, el centro de la educación sino exclusivamente el beneficiario. Es esta una concepción de la enseñanza de consecuencias, no imprevisibles, porque ya estamos comprobando el resultado de la pedagogía chachi, sino nefastas, y que convierten a nuestros alumnos en ignaros narcisistas que encima creen tener derecho a decidir cómo debemos los docentes ejercer nuestra profesión. Es decir, lo mismo que los expertos.

Opina Mr Persky que «el nuevo modelo de pedagogía» debe ser «intuitivo» (admirable estrategia para cargarse de un plumazo todo intento de instrucción rigurosa). Pero esto no acaba aquí. «El profesor», asegura nuestro experto, no debe tener respuestas sino preguntas («preguntas-guía», las llama; también «co-asociación») «que facilitar a los alumnos» y, en algunos casos, sugerencias de posibles herramientas y lugares para empezar y proceder.

De forma que el que antaño era depositario del conocimiento pasa a ser una especie de pringadete que media entre el alumno y lo que sea que quieran estos tipos que aprenda, sea en la internete (las nuevas tecnologías, ¡cómo no!) o en la mismidad de la vida, que, ya se sabe, es «la mejor Universidad». Y encima se permite el hombre exigir al profesor que «diseñe el proceso de aprendizaje» (¿Mande? ¿Que diseñe qué? ¿Las preguntas que deben hacerse los alumnos? Y de manera intuitiva, por descontado) y que “garantice la calidad” (esto ya es directamente grosero).

Aquí queda pues esta humilde semblanza (espero haberle hecho justicia) de «uno de los pensadores más influyentes en el ámbito de la educación internacional».

Así nos luce el pelo.”

Alberto Royo es licenciado en Historia y Ciencias de la Música y profesor de Secundaria, además de presidente de la Asociación de Profesores de Secundaria de Navarra y Secretario General de la Federación de Sindicatos de Profesores de Secundaria SPES.

[Escrito por Alberto Royo y publicado en  ABC, 23-11-2014. ]

 

Historia de una maestra

2 May 2015

twitter: @eugenio_fouz

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Cómo la educación española se echó a perder, contado por una profesora veterana

R G. BARNÉS / 21.04.2015 / ELCONFIDENCIAL

Tras más de 30 años de experiencia en la enseñanza que le han permitido asistir a toda clase de cambios, Luisa Juanatey realiza un acertado diagnóstico sobre los problemas que la aquejan

Cada vez que se publica un nuevo informe PISA, el reflejo natural de todos los españoles es el de llevarse las manos a la cabeza. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Quién tiene la culpa de esto? Todos llevamos dentro de nosotros un seleccionador de fútbol, un politólogo y un experto en educación que no titubea a la hora de explicar qué es lo que ha ocurrido. Uno de los objetivos más frecuentes de nuestros dardos son, precisamente, los profesores, aquellos que en un pasado fueron respetados y que, súbitamente, fueron despojados de su autoridad en el aula.

Hablo de los profesores de enseñanza secundaria y, más precisamente de los de mi generación, de los nacidos en un lapso aproximado de quince años y que en el apogeo de su juventud/madurez extrañamente pasaron de ser competentes a ser incompetentes de manera inopinada”, escribe la profesora retirada Luisa Juanatey (Santiago de Compostela, 1952) en “Qué pasó con la enseñanza”. Elogio del profesor.-(Pasos Perdidos), un lúcido ensayo en primera persona sobre su trayectoria vital en la enseñanza desde los años ochenta hasta la actualidad, que es tanto un retrato de una generación que se propuso revolucionar la escuela heredada del franquismo como un certero diagnóstico de los problemas que aquejan a la educación española secundaria.

Si la enseñanza y el profesor no están valorados, no hay nada que hacer.

Lo que me propongo es que se valore al profesor como un elemento clave”, explica a “El Confidencial” la profesora de Lengua y Literatura que dio clase en institutos andaluces, madrileños, gallegos, valencianos y del País Vasco. “Si la enseñanza y el profesor no están valorados, no hay nada que hacer. Si enseñas algo que puede no ser útil en un sentido inmediato pero alguien lo aprende bien y eso se valora, le va a servir siempre y le va a enseñar a aprender”.

Nos sumergimos con Juanatey en los abismos del sistema educativo español a partir de algunas de las claves que nos ayudan a entender qué ha ocurrido durante las últimas décadas.

La LOGSE, un antes y un después

El 3 de octubre de 1990, el PSOE aprueba la Ley Orgánica General del Sistema Educativo, que sustituye a la Ley General de Educación, vigente desde 1970. Con ella se propone llevar la educación a todos los rincones del país, pero para Juanatey, que en su día recibió la reforma con esperanza y algo de candor, supone el principio del fin de la escuela española. “Cada vez había más institutos y era una ley de izquierdas que garantizaba la educación hasta los 16 años”, rememora la autora. “Pero lo trastocó todo porque, fundamentalmente, devaluó la enseñanza”.

¿De qué manera? Al principio, a base de conceptos que servían para llamar de otra forma a realidades que ya existían. “Pusieron en circulación palabras como motivación, como si no lo fuésemos suficientemente, o como si no fuese un estímulo tener una enseñanza pública para todos”, explica. El profesor pasó a ser un docente que tenía, entre sus funciones, motivar a los alumnos, algo que siempre habían hecho aunque quizá no se llamase de la misma forma.

Empezó a darse una depreciación de la idea de autoridad, a la que añadían cosas como que no se podía expulsar a un alumno de clase, de lo que no abusábamos, pero que era una herramienta”, rememora la profesora. “En lugar de que la sociedad ayudase a trasladar a los niños un sentido de las normas (no se puede interrumpir al profesor, no se puede molestar a los compañeros), se produjo lo contrario”. Es el caso de la irrupción de los pedagogos, expertos en psicología que pasaron de súbito a saber mejor que los anticuados profesores lo que estos debían hacer en las aulas en las que vivían día tras día. O la obligación tácita de aprobar a los alumnos, aunque no cumpliesen los mínimos exigibles. “Empezó mal y mal ha seguido, a pesar de que todos hemos tenido algún grupo que trabajaba bien. Pero eso no es un sistema público de enseñanza que se basa en la igualdad”.

El profesor no es el modelo del deportista esforzado y triunfador al que continuamente están expuestos los alumnos. Fue la izquierda quien, en apariencia paradójicamente, impulsó este cambio, aunque tampoco el Partido Popular hizo nada por revertirlo, más preocupado por las privatizaciones. “Ahora es muy difícil volver atrás”, se lamenta la autora.

El día que el profesor dejó de tener razón

Entre la confluencia de factores que explican la evolución del sistema educativo español de las últimas décadas, Juanatey encuentra la raíz en el descrédito del profesor, que pasó en menos de 20 años de ser un severo y a veces despótico dictador a verse desposeído de toda credibilidad. “Los adolescentes viven en una constante incitación, la sociedad de consumo tiene una cantidad de estímulos perenne que les da una serie de cosas muy dinámicas y móviles, pero también superficiales”, explica la profesora. “La figura del profesor como grupo social encarna esos valores de no tratar de ser famoso, de no triunfar, de no tener dinero o un gran coche, ni es el modelo del deportista esforzado y triunfador al que continuamente están expuestos los alumnos”.

Los profesores, recuerda la autora, no tienen mayor ambición que la de transmitir su conocimiento ejerciendo su autoridad pero siendo conscientes de que, tanto sus alumnos como ellos, lo ignoran casi todo. “Otra contradicción fue lo de que el aprendizaje no debe ir de arriba abajo”, recuerda. “¡Qué absurdo! ¿Los que nacen después enseñan a los que nacen antes? Ese absurdo se ha propagado: los profesores están anticuados, no se adaptan, no se reciclan…” La escuela pública española fue durante mucho tiempo un paradigma de igualdad, en el que había tantas mujeres como hombres (o más) en un clima de respeto y compañerismo.

En el debe de la sociedad española hay que añadir pequeñas decisiones promovidas desde las nuevas instancias de la autoridad educativa, como el desprecio de la memoria (“que es valiosísima para aprender; imagínate ir a la autoescuela y decir que lo que quieres es aprender distraídamente y jugando”) o el esfuerzo. “Esforzarse, luego memorizar tras haber entendido y leído, manejar textos, poner en práctica… esto es lo que te permite aprender”, explica Juanatey.

¿Mi hijo no estudia? La culpa es del profesor

Al mismo tiempo que los docentes perdían su autoridad y se veían desprotegidos ante unos alumnos cada vez más cargados de razón, la sociedad encontró un culpable propicio para todo aquello que estaba ocurriendo… Y que volvía a ser el propio profesor, tildado de acomodaticio y vago. “De repente cambió todo, y te encontrabas con que nada más entrar en clase había grupos que te recibían con un rechazo absoluto”, rememora Juanatey. “Desde todas partes empezamos a oír que éramos unos vagos. No lo éramos, simplemente no aspirábamos a grandes cosas: lo pasábamos bien preparando las clases”.

De la noche a la mañana llegó lo de que no servíamos para nada, que éramos material de desguace, ¡pero éramos los mismos que el año anterior!”, recuerda, a pesar de la voluntad de adaptación de los profesores, que introdujeron poco a poco cambios como el rediseño del aula. Pequeñas alteraciones que funcionaban si los alumnos estaban dispuestos a aceptarlas, pero que “es muy distinto si lo primero que tienes que hacer es decir a los chicos que no pueden estar espachurrados sobre el pupitre, que hay que traer el cuaderno, que así no se puede trabajar, que les pidas que no se vayan a la construcción porque son jóvenes y te respondan que eso era en nuestros tiempos… Esa clase de ambiente nos desprestigió, porque empezaron a prevalecer valores que iban en contra de todo esto”.

Juanatey habla del reciente ejemplo de las reformas llevadas a cabo por los colegios jesuitas de Cataluña para ilustrar por qué la educación en nuestro país es, desde hace 20 años, cada vez más clasista: “Si tú me das una clase de gente que en su casa tiene libros, que oye un vocabulario determinado y trata ciertas cuestiones, que viene a aprender y que van a mandarlos a Estados Unidos después del bachillerato, se pueden hacer maravillas. Pero también he dado clase en barracones como los que hay en la Comunidad Valenciana. ¿Qué hacemos, el modelo de los jesuitas con los chicos metidos en un cajón de obra? ¿Con quién lo hacemos, con los que han tenido suerte y estudian en un aula mejor? Esto no es un sistema público de enseñanza”.

Padres malcriadores para niños malcriados

Los alumnos no cambiaron de comportamiento, hábitos y costumbres por sí mismos. Ni siquiera únicamente por la ley ni por los medios de comunicación, aunque ambos favoreciesen el nuevo sistema de valores: los padres tuvieron mucho que ver. “Fue esa moda de que a los niños no se les puede contradecir, que tienen que ser creativos y libres”, explica la autora. “Fíjate ahora que los que lo defendían son los mismos que se han enamorado de la expresión ‘poner límites’. Pero era lo que decíamos todo este tiempo cuando nos ponían verdes por hacerlo. Poner límites es establecer normas, sancionar”.

Los nuevos alumnos, así como sus padres, empezaron a entender que podían exigir lo que quisieran. Entre todas esas cosas, recibir un aprobado sólo por ir a clase a diario: “Llegó un momento en que todos empezamos a aprobar más de lo debido, sabiendo que habíamos enseñado la mitad que antes”.

En una esclarecedora anécdota del libro, Juanatey recibe la visita de un padre después de que su retoño proteste por haber obtenido un dos. El padre, tras releer la prueba, no tiene ninguna duda: “Yo le habría puesto un cero”.

Parece que el profesor es alguien a quien se le exige que complazca al niño y que le apruebe.

El ambiente, alentado por Consejos Escolares, inspectores, medios de comunicación y autoridades políticas, favorecía esa percepción en la que el niño tenía la sartén por el mango. “Si a los padres se les hubiese inculcado que el niño viene a respetar al profesor y a aprender unas asignaturas y no se les hubiese dicho que estas estaban anticuadas, que el profesor no era un monigote que se tenía que quedar callado cuando el Consejo Escolar decidía que un niño podía escuchar música con auriculares, habría sido muy distinto”. No son las únicas razones: un mayor número de alumnos entró en la escuela, al mismo tiempo que los padres y, sobre todo, las madres, podían pasar menos tiempo con sus retoños.

En el colegio me gusta que los niños se diviertan”, recuerda Juanatey que decían algunos padres. “Yo considero que los profesores deben hacer esto, aquello, lo de más allá… ¿Pero usted ha estado alguna vez en una clase? ¿Usted sabe lo que le toca al profesor hoy y que todo eso tiene que hacerlo en una situación en la que no se le valora ni respeta, y además el niño dice que no vale porque no es divertido?”. Una situación que dio una nueva definición de lo que debía ser un profesor: “Alguien a quien se le exige que complazca al niño y que le apruebe”, explica la autora con sorna.

Los valores de una bella profesión

Seguramente, usted también haya escuchado aquello de lo bien que viven los profesores con sus tres meses de vacaciones al año (falso), uno de los colectivos más vilipendiados de las últimas décadas de la historia española junto a los funcionarios. Quizá porque paradójicamente no encajan en los cánones de la sociedad moderna –ambición, lujo, consumo– en los que se han criado las nuevas generaciones de alumnos. “Un profesor no tiene nada que ver con alguien que lleva marcas, que se somete a cirugía estética, o que aspira a tener un yate o ser famoso”. No, explica Juataney en el libro, los docentes no quieren un sueldo mayor, que los hagan catedráticos o que los inviten a opinar en los medios (donde, dicho sea de paso, raramente aparecen): quieren hacer su trabajo con dignidad.

La de profesor sigue siendo una profesión muy satisfactoria, pero los que empiezan ahora deben exigir más.

Esto ha sido complicado en los últimos tiempos, una situación acentuada en los años inmediatamente anteriores al estallido de la burbuja inmobiliaria, tiempos en los que nadie necesitaba tener estudios para conseguir un buen sueldo. Pero, como recuerda la autora, una sociedad que piensa que la educación no sirve para nada es “una sociedad que se engaña”. “Si miras los terribles datos del paro, hay una gran diferencia entre los que tienen preparación y los que no. Prepararse sí que sirve, porque, y en esto estoy de acuerdo con los psicólogos, aprender siempre es aprender a aprender”. Por eso, toda una generación se encontró de repente sin nada, es decir, sin preparación, “y luego se dieron cuenta de que, aunque ya no haya rosas para nadie, tener estudios te favorece”.

Paradójicamente, se ha vuelto a completar el círculo, y muchos de aquellos a los que su entorno empujó a desertar de la escuela han vuelto a la misma en busca del esfuerzo, formación, crecimiento personal y riqueza intelectual que el colegio ofrece. ¿Y los profesores? Aunque la situación sea complicada, Juanatey insiste en que quiere concluir con un mensaje positivo. “Sigue siendo una profesión realmente satisfactoria, y me gustaría animar a todos los que tienen el deseo de ser profesores, así como decirles que exijan mucho: realmente es una vida buena la del profesor”. Y no, no se refiere al dinero, el prestigio, la adulación o la capacidad de influencia de la que carecen, y a la que, de todas formas, tampoco aspiraron.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-04-21/como-la-educacion-espanola-se-echo-a-perder-contado-por-una-profesora-veterana_733989/

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El mío es este suyo que admiro

20 December 2014

twitter: @eugenio_fouz

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A veces leo cosas que me gustan tanto que admiro y que quiero volver a leer una y otra vez. Esta mañana mientras ojeaba escritos de “The objective” en twitter llegué a envidiar la pluma de Jaime Mariño Chao.

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@theobjective_es

-El Subjetivo-

¿Cuál será tu verso?

Jaime Mariño Chao

20.12.2014 – 

“Nunca tuve un profesor como John Keating, que me abriera las puertas de la poesía; que me susurrara aquello de “Carpe Diem” o que me hiciese subirme a las mesas. Tuve que conformarme con leer una y otra vez “Platero y yo”, hacer un millón de “análisis sintáctico de las siguientes frases” y hacer dos millones de redacciones del tipo de “las abejas” o “la primavera”.

Pero, por suerte, el profesor Keating llegó a mi vida a través de una película. En aquella sala de mi pequeño pueblo gallego, gracias a la magia inefable del cine, el señor Keating me hablaba a mí, solo a mí, y me decía que mi vida tenía derecho a ser maravillosa, que yo era importante, único, irrepetible y valioso.

“Haced que vuestras vidas sean extraordinarias” les decía a sus alumnos. Y esa rebeldía ante el propio destino, ese inconformismo vital, es un poderoso motor que jamás acaba su combustible y que te empuja hacia intentar ser la mejor versión posible de ti mismo.

La vida es como una obra de teatro – les contaba a los chicos que le rodeaban y le escuchaban hipnotizados-. Una obra de teatro inacabada que viene representándose desde la noche de los tiempos y en la que cada uno de nosotros, señores o siervos, jefes o empleados, ignorantes o sabios, puede contribuir con un verso.

“¿Cuál será tu verso?” les preguntaba.

Yo intento escribir el mío golpe a golpe. Se me resiste la rima, se me esfuman las palabras, me quedo sin tinta, el papel se me moja en las tormentas e incluso a veces me quedo dormido de puro cansancio.

Pero yo escribiré mi verso, señor Keating. Se lo prometo.”

Escrito por Jaime Mariño Chao (@Xayme en twitter)

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No se enfade …

6 December 2014

twitter: @eugenio_fouz

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vía @someecards


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