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La educación y el peso de la conciencia, Anastasia

17 April 2013


EXILIO INTERIOR

twitter: @eugenio_fouz

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No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura” (Jorge Bergoglio, Papa Francisco)

Quise ponerle nombre a la alumna que firma con las iniciales A.H.J. una carta enviada a la sección “El bloc del cartero” de Lorenzo Silva (XL Semanal, 17.03.2013). Anastasia titula su carta “Querido profesor” y en ella relata la mala impresión causada por un profesor desencantado. Fue elegante, la alumna adolescente, al no citar el nombre del docente y proteger su identidad bajo el anonimato.

A pesar de que la carta no vaya dirigida a mí, ni yo sea ese profesor, me gustaría decirle que la he leído. Ya sea por lo que dice o la forma en que lo dice he querido responderle. Estoy de acuerdo con usted, Anastasia, en la idea de que un profesor ha de atender las preguntas y tratar de solucionar las dudas de sus alumnos. Creo que un trabajo, el que sea, debe hacerse con devoción, tanto por parte del profesor como por parte del alumno. Por lo que deja entrever, ese profesor suyo no tiene mucha vocación. Usted sí la tiene. Usted quiere aprender cosas. Muchos alumnos se comportan de forma ejemplar en la escuela. Es justo decir que no todos eligen las primeras mesas. Unos alumnos pretenden llamar la atención, en lugar de prestar ellos mismos la atención necesaria. Estoy convencido de que la pasión de un docente por su asignatura es contagiosa. No olvido a los profesores que me contagiaron esa enfermedad de las letras y por eso me gusta cuando en su carta habla bien de las bibliotecas.

Me gusta, Anastasia, cuando confiesa que no va a tirar la toalla, y que no dejará de estudiar. No me gusta, sin embargo, la amarga línea del final. Hoy le escribo yo, pero también habría que escuchar a su profesor, ¿no le parece?

Seguramente conocerá los versos de Martin Niemöller que dicen así: “primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista, luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío”(…) y finalmente no queda nadie porque nadie dice ni hace nada; pues bien, me parece a mí que soy un poco comunista y hasta donde llego con la memoria de mi árbol genealógico recuerdo tener antepasados judíos no muy lejanos. Y es que  tengo la rara tendencia a empatizar siempre con las víctimas, y a pedir perdón como consecuencia quizá de la educación católica recibida. Esta educación me ha inculcado valores y principios que me gustan y me disgustan. Llevo  grabado a fuego el sentido de culpa y de pecado, cargo con el peso de una conciencia seria y severa y creo conocer la diferencia entre la bondad y la indulgencia. La educación, Anastasia, debe de consistir en esto: renuncia, sacrificio y comedimiento; rebeldía, humildad y atrevimiento.

Querida alumna, yo soy ese profesor que no se rinde. Soy ese profesor a quien la escuela ha cambiado. Ese profesor,  Anastasia, que fue también alumno.

 

(artículo de OPINIÓN publicado en @laverdad_es de Murcia.-17.04.2013)

Dejo enlace de carta de Anastasia al profesor en #PDF-Archive.com a continuación. Solo tiene que hacer clic con el ratón sobre el enlace de abajo

https://document.li/zvuQ

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Flor azul al infinito

27 January 2012

twitter: @eugenio_fouz

(Manuel Fraga Iribarne y José María Ruiz Gallardón en 1977, blog de ELPAIS)

Manuel Fraga Iribarne fue un político gallego y español de gran relevancia. Fue uno de los responsables de la redacción de la “Constitución española” de 1978 y tal y como lo retrata Rosa Montero, un individuo con fuerza y mucha personalidad. Manuel Fraga fue querido y odiado en Galicia e imagino que en España. A mí me cae bien y reconozco cierta admiración por su persona. De lo último que recuerdo de él fue su apoyo a Alberto Ruiz Gallardón en un momento difícil de la política del Partido Popular. Recuerdo aquella frase suya “el hombre es un animal político” que decía a menudo en defensa de la vocación de los hombres, no todos, por la política.

El artículo que sigue escrito por la periodista Rosa Montero y publicado en ELPAIS me parece un homenaje hermoso al hombre, al personaje. No habría leído este artículo si no hubiera sido porque un colega en el trabajo lo había leído.

Al igual que Fraga, soy gallego y lucense. Villalba es un pueblo pequeño de Lugo popular por varias razones. Como dato anecdótico diré que yo estuve en aquel célebre mítin de la frase “A por ellos”. Era yo adolescente y asistí a aquel acto para escucharle y porque me parecía importante estar allí.  El Pabellón de los Deportes de Lugo estaba lleno de gente y entre los asistentes hubo algunos que se dedicaron a provocar y a intentar reventar el mítin. Cuando el líder de Alianza Popular (eran los inicios de lo que después sería el Partido Popular) salió al estrado a hablar, los provocadores que le estaban esperando hicieron mucho más ruido. Recuerdo que Fraga se quitó la americana y dijo “Señores, aquí hay gente que no quiere estar en este acto y que quiere que no celebremos este mítin; y si no vienen ellos a por nosotros, vamos a ir nosotros a por ellos”.

(Viñeta de Pinto&Chinto publicado en LAVOZDEGALICIA, 16.01.2012)

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OPINIÓN

Cuando Fraga daba miedo

Rosa Montero 15 ENE 2012 -ELPAIS

 

“Eran los tiempos en los que Fraga daba miedo. Hablo de los primeros años de la Transición, cuando don Manuel tenía un cuerpo de barrilete como de boxeador ajado, una cabeza pétrea semejante a un mojón de carretera secundaria y un temperamento mercurial y vesubiano, de erupción incontrolada pero inminente. Todavía cincuentón, su energía era tan legendaria como la peculiaridad de sus actitudes, y las anécdotas le perseguían como las moscas al buey. Cuando le entrevisté por primera vez, en junio de 1978, todavía se comentaban sus célebres frases (como lo de “la calle es mía”) y sus arrebatos: por ejemplo, que en un mitin en Lugo, pocos meses antes, se había lanzado en persecución de 400 reventadores al grito de “¡a por ellos!”. O que, siendo ministro, había arrancado un teléfono de la pared porque no dejaba de sonar. O lo peor para mí entonces: que, pocos días antes de nuestra cita, había echado a empellones a un periodista porque no le gustaron sus preguntas. Como es natural, todos estos datos me hicieron acudir a la entrevista bastante amedrentada.

Por eso, por el puro miedo, me preparé muy bien el comienzo de la charla, intentando encontrar algún truco que me permitiera desmontar esa bomba de relojería que el político gallego parecía llevar dentro de su amplísima frente. Y así, empecé diciendo que me habían contado dos cosas contradictorias sobre él (“todo hombre es contradictorio”, tronó Fraga cargado de razón). La primera, que tenía un gran sentido del humor, una observación que le encantó: “Lo cultivo todo lo que puedo. Creo que uno de los grandes defectos nacionales es no tener sentido del humor”. Pero también me habían dicho, añadí, que era un hombre violento que me podía echar a la segunda pregunta. Y ahí, claro, don Manuel tuvo que decir que no, que eso solo había ocurrido una vez y con un amigo suyo, que él no hacía esas cosas… A partir de ese momento me sentí más protegida: al alardear de su buen humor, Fraga se veía obligado a demostrar que lo tenía; y tras negar sus brotes de violencia, presumí que le sería más difícil ceder a la tentación de estrujarme el cuello. Y así discurrió la entrevista, que fue difícil, tirante, agresiva por su parte y por la mía, pero también graciosa, chispeante e inolvidable.

Porque era cierto que Manuel Fraga Iribarne poseía un gran sentido del humor, una vasta cultura y una brillante inteligencia, y, al mismo tiempo, también era verdad que de repente parecía cubrirle un velo rojo, que perdía los nervios y farfullaba, que se convertía en un motor pasado de revoluciones y en una fuerza ciega e irracional. Ha sido nuestra más perfecta versión de Doctor Jeckyll y Mister Hide. Un personaje intenso.

Dos años después de aquella entrevista, en 1980, coincidimos como ponentes en un impresionante simposium que organizó la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EEUU), sobre los cinco primeros años de democracia en España. El cuarto día, terminadas ya las conferencias, el evento cerró con un coctel-cena en casa del rector. En un momento ya avanzado de la noche me acerqué a la mesa de las bebidas a servirme una copa, pero los cubitos de hielo que llenaban un enorme bol se habían pegado los unos a los otros, formando un iceberg inexpugnable que ataqué inútilmente con las pinzas de hielo durante un buen rato. De pronto, Fraga Iribarne se materializó a mi lado con toda la solidez de su corpachón. “Permítame, señorita”, ordenó, haciéndome a un lado. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa por encima del codo de su brazo derecho y, a continuación, comenzó a aporrear la gran masa congelada a puñetazo limpio hasta hacerla trizas. Luego agarró un buen montón de esquirlas de hielo con su manaza y me llenó el vaso. Y, sonriendo, dijo: “¿Ve usted, señorita? De cuando en cuando es necesario el uso de la fuerza bruta”. De algún modo fue su punto final a uno de los debates que mantuvimos durante la entrevista. Nunca olvidaba nada.

Los años, la salud y el peso de la edad le fueron calmando, pero siempre mantuvo su originalidad radical y algo alienígena. De hecho, hasta su físico, al envejecer, le fue haciendo cada vez más parecido a un personaje de La Guerra de las galaxias. Hoy lamento la pérdida de este hombre irrepetible: el mundo será más convencional sin su presencia. Además, creo que hay que reconocer su esfuerzo por apaciguar en su momento a la derecha más cerril. Esto es: le agradezco que se comiera a los caníbales.”

 (Publicado en ELPAIS, 16.01.2012)

    http://www.elpais.com/articulo/espana/Fraga/daba/miedo/elpepiesp/20120116elpepinac_4/Tes

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