Posts Tagged ‘Rosa Montero’

“Ayer mismo me acosté teniendo 16 años” …

17 January 2016

twitter: @eugenio_fouz

cc117c3fe8f452ebd853c5016ccb95f7

Un artículo de Rosa Montero (@BrunaHusky) sobre la vida, la madurez y el paso del tiempo. Lea despacio y disfrute.

***

Aviso a navegantes

por

Rosa Montero (@BrunaHusky)

Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera

3 ENE 2016 vía @el_pais

Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.

Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.

Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día

Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.

Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.

*

Rosa Montero “Me pregunto si he aprendido algo” (@BrunaHusky)

26 June 2014

twitter: @eugenio_fouz

Hay algunos títulos de escritos que no se me quitan de la cabeza. El título del artículo de Rosa Montero (@BrunaHusky) me ha gustado desde que lo ví y el artículo completo sobre la vida y aprender a envejecer, la autenticidad, la felicidad y todo lo que escribe a continuación merece ser guardado en el blog y en la memoria.

***

Domingo, 7 de febrero de 2010

Me pregunto si he aprendido algo

ROSA MONTERO

 Imagen

Yo suelo decir en las entrevistas que la escritura es un camino de conocimiento y que uno escribe novelas no para enseñar nada, sino para aprender. Y, más de una vez, los periodistas me han repreguntado algo bastante obvio: entonces, ¿qué has aprendido de tu último libro? Cosa que siempre me deja más o menos muda, porque la respuesta es dificilísima. Y el caso es que creo firmemente en lo que digo; sé con toda certidumbre que mis novelas me enseñan algo, pero cuesta mucho objetivar cuáles son los conocimientos adquiridos, de la misma manera que resulta enormemente complicado decir de qué manera nos educa la vida. Por ejemplo, ¿serías capaz de describir ahora lo que has aprendido en el último año? Seguramente te costará bastante hacerlo; tal vez, y tras reflexionar un buen rato, puedas llegar a precisar algunas experiencias adquiridas, pero en general lo que uno siente es una vaga sensación de saber más, de haber aumentado el catálogo emocional y la información almacenada en la memoria, sin que ese añadido vital pueda ser expresado en contenidos concretos.

Pensando en todo esto a veces me entra cierto desaliento, la desvaída sospecha de que a lo peor lo que sucede es que nunca aprendemos nada, o casi nada. Que tal vez esa mitificación de la experiencia y de la sabiduría que la vida te proporciona (idea en la que creo y que siempre sostengo con notable entusiasmo) no sea sino una manera de endulzar la amargura de envejecer. Una mentira piadosa que nos decimos a nosotros mismos. De hecho, demasiadas veces nos sorprendemos repitiendo los mismos errores una y otra vez a lo largo de nuestra existencia. Pero cómo he podido volver a caer en lo mismo, nos decimos desalentados; pero si yo ya sabía que esto iba a acabar así, por qué he vuelto a equivocarme. La repetición es una de las características del ser humano; sobre todo en el amor, sobre todo en las emociones, desde luego. Y las emociones lo atraviesan todo.

Hace cosa de un año, la muy prestigiosa Harvard Business School hizo público un trabajo sobre el aprendizaje en los negocios. Querían comprobar si del fracaso se podían extraer lecciones provechosas, y resultó que, según ese estudio, fracasar en una empresa no enseñaba nada a la hora de montar otros negocios; de hecho, lo único que parecía enseñar algo era el éxito. Y el pasado mes de julio, unos experimentos del Massachusetts Institute of Technology, el celebérrimo MIT de Estados Unidos, mostraron que en las células del cerebro se producen ciertos cambios neuronales después de los aciertos, pero no después de los errores. O lo que es lo mismo: que se aprende de los logros, pero no de los fracasos, como decían los de la Harvard School. Lo cual parece bastante injusto, además de deprimente. No sé hasta qué punto pueden ser fiables estos trabajos descorazonadores, pero, de todas formas, y como dice la sabiduría popular, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. De manera que vuelvo a plantear la misma pregunta: ¿hasta qué punto somos capaces de aprender en la vida? Bueno, claro, adquirimos conocimientos específicos y destrezas técnicas, estudiamos carreras universitarias, conseguimos hacernos expertos en la construcción de puentes o en las operaciones a corazón abierto. Pero estoy hablando del aprendizaje esencial, de la madurez emocional. Hablo de la sabiduría de vivir.

Por fortuna, hay otro estudio también publicado hace un año que resulta mucho más alentador. Está hecho por la universidad inglesa de Warwick y por el Darmouth College de Estados Unidos sobre una muestra de más de dos millones de sujetos procedentes de cerca de ochenta países, y al parecer demuestra que la felicidad tiene forma de “U” y que las personas somos más felices en la juventud y en la vejez, con un momento álgido de depresión y angustia en torno a los 44 años. De modo que la sabiduría popular también tendría razón con el tópico de la crisis de los cuarenta. Según esta investigación sorprendente y fascinante, los resultados se mantienen iguales en todos los países, en Albania lo mismo que en Zimbabue o en Francia, y por lo visto los momentos mejores de la vida se sitúan en torno a los veinte años y a los setenta. Lo cual parecería indicar que, después de todo, los humanos sí que somos capaces de aprender. Que, contra todo pronóstico, en el crepúsculo, sin vitalidad física, sin tiempo y sin futuro, despojados ya de casi todo, podemos sin embargo contar con el tesoro de una cierta y esencial sabiduría.

 ROSA MONTERO 

***

Flor azul al infinito

27 January 2012

twitter: @eugenio_fouz

(Manuel Fraga Iribarne y José María Ruiz Gallardón en 1977, blog de ELPAIS)

Manuel Fraga Iribarne fue un político gallego y español de gran relevancia. Fue uno de los responsables de la redacción de la “Constitución española” de 1978 y tal y como lo retrata Rosa Montero, un individuo con fuerza y mucha personalidad. Manuel Fraga fue querido y odiado en Galicia e imagino que en España. A mí me cae bien y reconozco cierta admiración por su persona. De lo último que recuerdo de él fue su apoyo a Alberto Ruiz Gallardón en un momento difícil de la política del Partido Popular. Recuerdo aquella frase suya “el hombre es un animal político” que decía a menudo en defensa de la vocación de los hombres, no todos, por la política.

El artículo que sigue escrito por la periodista Rosa Montero y publicado en ELPAIS me parece un homenaje hermoso al hombre, al personaje. No habría leído este artículo si no hubiera sido porque un colega en el trabajo lo había leído.

Al igual que Fraga, soy gallego y lucense. Villalba es un pueblo pequeño de Lugo popular por varias razones. Como dato anecdótico diré que yo estuve en aquel célebre mítin de la frase “A por ellos”. Era yo adolescente y asistí a aquel acto para escucharle y porque me parecía importante estar allí.  El Pabellón de los Deportes de Lugo estaba lleno de gente y entre los asistentes hubo algunos que se dedicaron a provocar y a intentar reventar el mítin. Cuando el líder de Alianza Popular (eran los inicios de lo que después sería el Partido Popular) salió al estrado a hablar, los provocadores que le estaban esperando hicieron mucho más ruido. Recuerdo que Fraga se quitó la americana y dijo “Señores, aquí hay gente que no quiere estar en este acto y que quiere que no celebremos este mítin; y si no vienen ellos a por nosotros, vamos a ir nosotros a por ellos”.

(Viñeta de Pinto&Chinto publicado en LAVOZDEGALICIA, 16.01.2012)

  ……………………………………………………………………………………………………

OPINIÓN

Cuando Fraga daba miedo

Rosa Montero 15 ENE 2012 -ELPAIS

 

“Eran los tiempos en los que Fraga daba miedo. Hablo de los primeros años de la Transición, cuando don Manuel tenía un cuerpo de barrilete como de boxeador ajado, una cabeza pétrea semejante a un mojón de carretera secundaria y un temperamento mercurial y vesubiano, de erupción incontrolada pero inminente. Todavía cincuentón, su energía era tan legendaria como la peculiaridad de sus actitudes, y las anécdotas le perseguían como las moscas al buey. Cuando le entrevisté por primera vez, en junio de 1978, todavía se comentaban sus célebres frases (como lo de “la calle es mía”) y sus arrebatos: por ejemplo, que en un mitin en Lugo, pocos meses antes, se había lanzado en persecución de 400 reventadores al grito de “¡a por ellos!”. O que, siendo ministro, había arrancado un teléfono de la pared porque no dejaba de sonar. O lo peor para mí entonces: que, pocos días antes de nuestra cita, había echado a empellones a un periodista porque no le gustaron sus preguntas. Como es natural, todos estos datos me hicieron acudir a la entrevista bastante amedrentada.

Por eso, por el puro miedo, me preparé muy bien el comienzo de la charla, intentando encontrar algún truco que me permitiera desmontar esa bomba de relojería que el político gallego parecía llevar dentro de su amplísima frente. Y así, empecé diciendo que me habían contado dos cosas contradictorias sobre él (“todo hombre es contradictorio”, tronó Fraga cargado de razón). La primera, que tenía un gran sentido del humor, una observación que le encantó: “Lo cultivo todo lo que puedo. Creo que uno de los grandes defectos nacionales es no tener sentido del humor”. Pero también me habían dicho, añadí, que era un hombre violento que me podía echar a la segunda pregunta. Y ahí, claro, don Manuel tuvo que decir que no, que eso solo había ocurrido una vez y con un amigo suyo, que él no hacía esas cosas… A partir de ese momento me sentí más protegida: al alardear de su buen humor, Fraga se veía obligado a demostrar que lo tenía; y tras negar sus brotes de violencia, presumí que le sería más difícil ceder a la tentación de estrujarme el cuello. Y así discurrió la entrevista, que fue difícil, tirante, agresiva por su parte y por la mía, pero también graciosa, chispeante e inolvidable.

Porque era cierto que Manuel Fraga Iribarne poseía un gran sentido del humor, una vasta cultura y una brillante inteligencia, y, al mismo tiempo, también era verdad que de repente parecía cubrirle un velo rojo, que perdía los nervios y farfullaba, que se convertía en un motor pasado de revoluciones y en una fuerza ciega e irracional. Ha sido nuestra más perfecta versión de Doctor Jeckyll y Mister Hide. Un personaje intenso.

Dos años después de aquella entrevista, en 1980, coincidimos como ponentes en un impresionante simposium que organizó la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EEUU), sobre los cinco primeros años de democracia en España. El cuarto día, terminadas ya las conferencias, el evento cerró con un coctel-cena en casa del rector. En un momento ya avanzado de la noche me acerqué a la mesa de las bebidas a servirme una copa, pero los cubitos de hielo que llenaban un enorme bol se habían pegado los unos a los otros, formando un iceberg inexpugnable que ataqué inútilmente con las pinzas de hielo durante un buen rato. De pronto, Fraga Iribarne se materializó a mi lado con toda la solidez de su corpachón. “Permítame, señorita”, ordenó, haciéndome a un lado. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa por encima del codo de su brazo derecho y, a continuación, comenzó a aporrear la gran masa congelada a puñetazo limpio hasta hacerla trizas. Luego agarró un buen montón de esquirlas de hielo con su manaza y me llenó el vaso. Y, sonriendo, dijo: “¿Ve usted, señorita? De cuando en cuando es necesario el uso de la fuerza bruta”. De algún modo fue su punto final a uno de los debates que mantuvimos durante la entrevista. Nunca olvidaba nada.

Los años, la salud y el peso de la edad le fueron calmando, pero siempre mantuvo su originalidad radical y algo alienígena. De hecho, hasta su físico, al envejecer, le fue haciendo cada vez más parecido a un personaje de La Guerra de las galaxias. Hoy lamento la pérdida de este hombre irrepetible: el mundo será más convencional sin su presencia. Además, creo que hay que reconocer su esfuerzo por apaciguar en su momento a la derecha más cerril. Esto es: le agradezco que se comiera a los caníbales.”

 (Publicado en ELPAIS, 16.01.2012)

    http://www.elpais.com/articulo/espana/Fraga/daba/miedo/elpepiesp/20120116elpepinac_4/Tes

……………………………………………………………………………………………………….


Journalism As Literature

A graduate seminar at the University of Florida

Suspendermen

Elements of True Gentlemen

Elloboestaaqui

Disentería literaria

Garrafablog

El primer blog de Garrafón en habla hispana

A Guy's Moleskine Notebook

Books. Reflections. Travel.

efnotebloc

crear siempre, aprender y guardar la llama