Posts Tagged ‘@JotDownSpain’

Lecturas de julio (y agosto)

22 July 2017

twitter: @eugenio_fouz

Jardim da estrella, Lisboa

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Listado de lecturas estivales

Siguiendo la idea de José Antonio Montano (@montano66) hace unas semanas en @Twitter, publico la lista tentativa de textos y lecturas para este verano. Algunas ya las he leído y otras intentaré leerlas a lo largo de estos días. Si soy bueno, dejo un poco de lado las redes sociales, la vida digital, y podré dedicarme de lleno a hacer cosas de verdad como leer, tomar notas, pasear y vivir la vida. También es cierto que las cosas y las ocurrencias de algún internauta te hace sonreír y eso no es malo.

He anotado en las etiquetas del post a escritores, profesores, tuiteros y entidades que están dentro de esta lista de algún modo. Y perdone el tópico, pero “no están todos los que son”.

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La respuesta de un profesor español indignado al experto en educación Marc Prensky

21 October 2016

twitter: @eugenio_fouz

atticus

Gregory Peck (Matar a un ruiseñor, Harper Lee)

Leo un artículo de prensa fechado hace dos años que no me deja para nada indiferente. Lo firma Alberto Royo. Busco en google su nombre pretendiendo llegar a él a través del Bosque Sagrado que es Twitter. Lo encuentro con una cuenta bajo el nombre de Profesor Atticus. Tiene pocos seguidores en la red ratificando la idea profética de Rubén Caviedes (autor en Jot Down magazine) que evoca la figura del filósofo Sócrates en el mundo de hoy, poco popular y casi anónimo en redes sociales. Ya había ocurrido algo parecido con otro articulista, Gonzalo Ugidos  (@kalminari). En fin, el profesor de música es @profesoratticus en Twitter. Dejo el texto íntegro escrito por Alberto Royo a continuación:

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Alberto Royo

Uno intenta ser siempre moderado en sus valoraciones, pero cada vez es más difícil analizar con seriedad y mesura, evitando la causticidad como válvula de escape, las ocurrencias de quienes se dicen (y a quienes se denomina) «expertos educativos». Y son legión. Abundan, proliferan y se multiplican de forma exponencial. Y lo peor es que sus vacuas pero seductoras suposiciones son tenidas en cuenta y amplificadas por los medios de comunicación. Este y no otro es el motivo por el que, una vez más, me veo obligado, por responsabilidad cívica y dignidad profesional, a salir al paso de los dislates proferidos (y recogidos en ABC) por Marc Prensky, consultor, «experto educativo» reconocido mundialmente como tal.

En una entrevista publicada en la edición digital de ABC, el «experto» Prensky lo daba todo, comenzando por el soberbio (y no va con segundas) titular: «Los profesores de hoy deberían eliminar las clases magistrales». No quiero extenderme demasiado en esto de la magistralidad despreciada, todo un mantra de la neoexpertología educativa, pero sí quiero recordar que una clase magistral es aquella en la que el docente demuestra al discente su maestría (su pericia, su oficio, su sapiencia, su conocimiento…). La palabra «magistra» hace referencia al propio ejercicio del magisterio, esto es, de la enseñanza.

Otra cosa es que Prensky, como muchos de los que participan de esta moda de reprobar al profesor y explicarle cómo debe trabajar, se empecine en asociar la autoridad intelectual de quien atesora el conocimiento con oscuras intenciones humillar y/o atormentar a quienes no saben, precisamente porque requieren de alguien que les enseñe (si todos supieran, no sería necesaria la trasmisión de estos conocimientos), como si saber más (y, en principio, como digo, debemos admitir que entre profesor y alumno el primero sabe más que el segundo) conllevara la voluntad de afear la inferioridad del otro.

Así, se impone una igualdad ficticia entre ambos que evita que el «pobre» alumno pueda sentirse afligido, se desdeña la capacidad del profesor y se caricaturiza su labor, tanto más cuanto mayor sea la competencia de este y sus deseos de formar a un nivel de excelencia. Y llegamos de esta manera a la unión, más que forzada pero ya habitual, entre la idea de clase magistral y la de degradación, doblegamiento, vejación del alumno. No exagero. Según Prensky, «la realidad en la que viven los niños y jóvenes es cada vez más cambiante, incierta, compleja y ambigua» (infortunados pequeñuelos), «su capacidad de atención no ha cambiado» (la perspicacia no parece caracterizar a Mr. Prensky). «Pero», continúa, «sí» han cambiado «su tolerancia y sus necesidades». «No quieren charlas teóricas», sigue. «Quieren que se les respete, se confíe en ellos, y que sus opiniones se valoren y se tengan en cuenta».

O sea, que los chicos no quieren teoría. Y, si no quieren, ¿quiénes somos nosotros para aburrirlos con nuestras batallitas? Quieren que se les respete, se confíe en ellos y se valoren sus opiniones. Bien, no conozco profesores que entren en clase con deseos irreprimibles de faltar al respeto al alumno de la cuarta fila (en todo caso de que no se lo falten a él, si no es abusar). En cuanto a la confianza en los alumnos, me resulta una reclamación ciertamente sui generis. ¿Debo confiar en mis alumnos? No lo sé. ¿En todos? ¿Por qué? ¿Confiar en qué sentido?

Esto me recuerda a una señora muy educada, fan de la Educación Waldorf, con la que coincidí en un debate, que me preguntaba, fuera de cámara, si «quería» a mis alumnos. «Querer, querer…», le dije yo, «…más que nada los respeto…» ¿Y sus opiniones? Pues no tengo especial interés en no valorarlas, pero tampoco en hacerlo a toda costa. No creo que sea esa mi función como docente. ¿Son relevantes las opiniones de mis alumnos? ¿Respecto a qué? ¿Tengo que escucharlos antes de presentar una actividad, plantear unos contenidos o corregir un examen?

Sinceramente, no creo que el alumno deba ser, de ninguna manera, el centro de la educación sino exclusivamente el beneficiario. Es esta una concepción de la enseñanza de consecuencias, no imprevisibles, porque ya estamos comprobando el resultado de la pedagogía chachi, sino nefastas, y que convierten a nuestros alumnos en ignaros narcisistas que encima creen tener derecho a decidir cómo debemos los docentes ejercer nuestra profesión. Es decir, lo mismo que los expertos.

Opina Mr Persky que «el nuevo modelo de pedagogía» debe ser «intuitivo» (admirable estrategia para cargarse de un plumazo todo intento de instrucción rigurosa). Pero esto no acaba aquí. «El profesor», asegura nuestro experto, no debe tener respuestas sino preguntas («preguntas-guía», las llama; también «co-asociación») «que facilitar a los alumnos» y, en algunos casos, sugerencias de posibles herramientas y lugares para empezar y proceder.

De forma que el que antaño era depositario del conocimiento pasa a ser una especie de pringadete que media entre el alumno y lo que sea que quieran estos tipos que aprenda, sea en la internete (las nuevas tecnologías, ¡cómo no!) o en la mismidad de la vida, que, ya se sabe, es «la mejor Universidad». Y encima se permite el hombre exigir al profesor que «diseñe el proceso de aprendizaje» (¿Mande? ¿Que diseñe qué? ¿Las preguntas que deben hacerse los alumnos? Y de manera intuitiva, por descontado) y que “garantice la calidad” (esto ya es directamente grosero).

Aquí queda pues esta humilde semblanza (espero haberle hecho justicia) de «uno de los pensadores más influyentes en el ámbito de la educación internacional».

Así nos luce el pelo.”

Alberto Royo es licenciado en Historia y Ciencias de la Música y profesor de Secundaria, además de presidente de la Asociación de Profesores de Secundaria de Navarra y Secretario General de la Federación de Sindicatos de Profesores de Secundaria SPES.

[Escrito por Alberto Royo y publicado en  ABC, 23-11-2014. ]

 

Alexander Scriabin, Concierto para piano Opus 20

24 August 2016

twitter: @eugenio_fouz

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[Alexander Scriabin, compositor ruso]

He llegado a este concierto de piano del compositor ruso Alexander Scriabin gracias a la lectura de un artículo extenso sobre un pianista londinense publicado en la revista cultural “Jot Down Spain”. Comentarios posteriores en Twitter de varios internautas me hicieron sentir ganas y curiosidad. Compré el libro y estoy leyéndolo ahora mismo. Me ha gustado esta obra y muchas más.

Gracias @JotDownSpain

Gracias @JRhodesPianist

 

¿Quién es Bárbara Ayuso? ¿Por qué escribe tan bien?

14 May 2016

twitter: @eugenio_fouz

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(Bárbara Ayuso, @Barbaraayuso)

Sí, llevo una semana larga pensando en un artículo que leía en la revista mona de JotDown (@JotDownSpain en twitter), en esa que puede adquirir el primer domingo de cada mes con  ELPAIS (@el_pais) y llaman #JotDownSmart. Este artículo está publicado en papel y se titula “Panic”. La autora escribe sobre el pan y la masa del pan. Lo hace tan bien y con tal gracia que he escaneado el texto y lo he guardado en mi caja de escritos @dropbox. Lo tengo en #mypublicfiles. Le invito a que lea el artículo en la revista o en este PDF.

Bárbara Ayuso, “Panic” (artículo publicado en #JotDownSmart7 vía @JotDownSpain)

https://document.li/Oy3s

#mypublicfiles vía #PDF

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Gente de pocas palabras (Juan Tallón)

14 January 2016

twitter: @eugenio_fouz

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[Juan Tallón, escritor]

Desde que leí un relato de Juan Tallón no he dejado de curiosear casi todo lo que escribe. Este artículo fue publicado en Jot Down magazine el 27 de marzo de 2013.

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Gente de pocas palabras

por Juan Tallón

Hablar no es malo, pero hablar poco es mejor. Se acaba antes. En general, hablar debería ser una operación breve más a menudo. No hay tanto que decir, a fin de cuentas. Todo debiera ser relativamente breve, casi siempre, para pasar al siguiente punto, o irse a casa. Ciertas frases, después del primer verbo, se vuelven muros grasientos, infranqueables. Pronunciarse con brevedad encierra su dificultad, claro. No todo el mundo vale para ser gente de pocas palabras. Digamos que no basta callar, sin más. Un individuo parco, reservado, no es alguien silencioso, que nunca tiene nada que decir. En absoluto. Es más, tiene probablemente mucho que decir, pero renuncia, o lo dice en corto, codificado, hacia dentro. Pocas palabras no es simplemente mucho silencio a su alrededor. Las pocas palabras son otra cosa. De entrada, son las que son, las justas, las que se necesitan, ni una más. Pocas, aunque algunas. Son cierta filosofía de la sobriedad, y la idea de que la vida pasa enseguida, en especial cuando la cuentas con muchas frases. Esa actitud hay que poseerla. No se imposta. Ni se improvisa, a menos que lleves toda la vida ensayándola. Alguna vez leí que cuando William Faulkner murió, en su pueblo natal de Oxford, Mississippi, los negocios locales pusieron un cartel que decía: “En memoria de William Faulkner, este negocio permanecerá cerrado desde las 2.00 hasta las 2.15 pm. 7 de julio de 1962″. Fue un homenaje modesto, corto, brevísimo, pero que la historia no olvidó. La brevedad es efectiva, y no por ello breve, si deja eco.

En mi último puesto de trabajo remunerado, en un ministerio que no viene al caso, había un ordenanza en la segunda planta, pequeño y calvo, que te abría la puerta y te daba muy bien los buenos días, apenas en dos palabras, y cuando le preguntabas cómo estaba, te respondía “chst”, en solo una, encogiéndose de hombros. Así durante 11 meses, hasta que me echaron y les dije “chao”, en italo-gallego, y muy brevemente también. Muchas veces la gente de pocas palabras, a la que hablar le produce gran pereza, incluso frustración, porque sospechan que no sirve de nada, resulta más interesante que aquella locuaz. Lo digo por el ordenanza, que hasta dónde averigüé, preparaba un ensayo sobre el chotis desde hacía 30 años. Los individuos que guardan silencio después de unas breves palabras, también pueden ser elocuentes, a su manera. Nunca aburren. El secreto de aburrir es contarlo todo, como si fueses un vulgar y exhaustivo escritor de diarios. David Padilla, artista jienense conocido por ser hombre de pocas palabras, ejerce la soltura en la comunicación a través solo del arte, en silencio. Hablar sobre algo que de por sí ya se explica, le parece una pérdida de tiempo, de ahí que su última exposición se titule Mejor pintar. Es decir, mejor pintar que dar cháchara. Hay teóricos de la creación, y a su vez creadores, como Jean Echenoz, que consideran que el autor poco tiene que decir de su obra. “Un libro no se escribe para después hablar de él, sino para no tener que hablar, sobre todo para no tener que hablar”, sostiene.

Los grandes discursos se pudren enseguida. Con el tiempo, como muchísimo sobrevive una frase, aguda, inmortal, hecha de pocas palabras, y bajo la que late el espíritu inconfundible de lo breve. Esa resistencia suya al paso del tiempo, inquebrantable, es la prueba de que tampoco había tanto que decir. Italo Calvino abordaba el tema en la línea de Echenoz. O viceversa. Él lo dijo antes. Y corto: “No es seguro que el autor sepa más de sí mismo que el lector. Lo que cuenta es la obra. Los que hablan de sí mismos mienten siempre. Yo, además, no repito nunca igual la misma historia dos veces seguidas, porque sería muy aburrido. Así que en mí es mejor no confiar”. La parquedad de Calvino procedía de sus antepasados. Era, digamos, una parte de una herencia. En su familia siempre tuvieron la costumbre de la timidez y el silencio, salpicado solo de vez en cuando por una frase. Cuentan que en 1984 Italo estaba en Sevilla con su mujer, Chichita, argentina de origen. En un hotel de la ciudad, Jorge Luis Borges, ciego desde hacía tiempo, estaba reunido con un grupo de amigos. Llegaron también los Calvino. Mientras Chichita hablaba con su compatriota, Italo, como era norma de la casa, se mantenía a una prudente distancia. Su mujer, que lo conocía bien, le susurró al autor bonaerense: “Borges, Italo también ha venido…”. Apoyado en su bastón, Jorge Luis Borges irguió la barbilla y dijo con la hermosa calma de los ciegos: “Lo he reconocido por su silencio”. No es que Borges fuese un charlatán, ojo. Hubo un encuentro entre él y Juan José Arreola, en 1978, durante una visita del escritor argentino a México. Arreola era conocido por su capacidad para hablar durante horas, buscando, infructuosamente, el punto final. Pese a ello, el encuentro acabó. Al salir, le preguntaron a Borges qué tal le había ido con Arreloa. “Bien, él hablaba, y me dejó intercalar algunos silencios”, confesó.

Hablar se vuelve por momentos una montaña escarpada, traicionera, en cuya cima no hay gran cosa, salvo vistas a la niebla y bajas temperaturas. Cada frase es una tribulación, el martirio. Hay que concebirla, pensarla, estructurarla, enunciarla, esperar que se entienda, lo que a menudo no ocurre, afrontar las reacciones, y comenzar otra vez, frase nueva, pensar, estructurar… Juan Carlos Onetti, camino ya de sus años cabizbajos, en su piso madrileño de la Avenida de América, recibió un día una invitación para impartir una conferencia en México D.F., en el marco de un congreso de escritores. Todo el mundo sabía cómo era Onetti de parco. Le costaba dar conferencias, incluso dar monosílabos. Tal vez por eso evitó decir “no”, y se limitó a hacer una pregunta esclarecedora a los organizadores: “¿Y en esa conferencia, tengo que hablar?” Hablar es a veces lo único que no está dispuesta a hacer incluso la gente muy expresiva, como Onetti, capaz de desnudar al individuo en una frase, a cambio de que sea escrita. Nadie le entendió mejor que Juan Rulfo, que quizá era más hermético que él. Por eso, cuando coincidían en algún evento literario, se buscaban para hablar en el bar del hotel, a su estilo, en un silencio líquido. “Yo quiero mucho a Juan —contaba el propio Onetti—. Cuando me encuentro con él, que suele ser en congresos, nos decimos: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él me dice: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él se sienta con su Coca-Cola y yo con mi whisky, y nos pasamos horas sin decirnos nada”.

No me rompas las pelotas

Hablar. Como si hubiese algo de que hablar. En sus momentos más brillantes y solipsistas, Clarice Lispector defendía que la comunicación era inviable, no ya en un mundo en el que habitaban millones y millones de personas, si no en una cocina americana en la que solo había dos. Ni siquiera cuando escribes consigues trasladar al papel exactamente eso que piensas o imaginas. La mayoría siempre se pierde en el traslado. Una mudanza, a la postre, siempre es una desaparición. En el fondo no puedes comunicarte. Siempre habrá un adjetivo erróneo, un problema sintáctico, una coma mal puesta, una metáfora indescifrable, una ambigüedad que se vuelve contra ti y te apuñala por la espalda.

Cuando todavía compatibilizaba tabaco y baloncesto, en cadetes, tuve un entrenador con ideas de esta clase. No creía demasiado en las palabras. Era más de gestos, dibujos, guiños. En la charla táctica, minutos antes de comenzar cada partido, nos reunía a pie de banquillo, formando un coro, y nos lanzaba su perorata: “Chavales, ya sabéis…”. Eso era todo. “Chavales, ya sabéis”. No sé si sabíamos, pero después de eso salíamos a la cancha soliviantados, llenos de entusiasmo, tratando de saber, y habitualmente perdíamos. De aquella época me quedaron grabadas no tanto las derrotas, como la tendencia al esquematismo del entrenador. No volví a cruzarme con nadie así hasta que empecé a tratar con algunos camellos. El camello es un individuo que nunca te da la chapa. Solo quiere cobrar y perderte de vista. A menudo su frase favorita es “Pírate, y no me rompas las pelotas”. El cineasta Kevin Smith capturó a la perfección su naturaleza, cuando creó a Jay y Bob el Silencioso, dos personajes más o menos patéticos que aparecen en casi todas sus películas. Venden marihuana y se pasan el tiempo esperando clientes ante un supermercado, en New Jersey. Jay habla por los codos y suelta tacos sin parar, mientras que Bob, el camello por antonomasia, el camello de toda la vida, no suelta prenda, aunque dice al menos un frase en cada película en la que aparece. Eso, cuando vendes droga, basta.

Pocas palabras a veces son muchas. Incluso cuando decides callar, el silencio se vuelve numeroso, bocazas, insoportable. Le pasaba a Paul Wittgenstein con su hermano, cuando vivían en la mansión familiar de Viena. Paul tuvo que interrumpir un día sus ejercicios de piano a una mano —no tenía más— para golpear la pared que daba a los aposentos de Ludwig, donde este escribía en silencio el Tractatus. “¡Cómo pretendes que toque el piano con tu escepticismo metiéndose por debajo de la puerta!”, le gritó.

Existe una gran heterogeneidad entre la gente de pocas palabras. Hay sacerdotes parcos, informáticos parcos, funcionarios parcos, políticos parcos, camareros parcos, periodistas parcos. En mi época negra de redactor de tercera fila, tuve una jefa de sección que tenía dos frases breves que entrenaba a diario conmigo: “Esto, esto y esto, mal”, era una; la otra era “¿Llamaste a la Diputación?”. Gente de pocas palabras son a menudo también algunos deportistas y toreros, que como Echenoz con los libros, se muestran partidarios de hablar solo en el terreno de juego o en la plaza. Hace 90 años, en El Taquito, un local madrileño frecuentado por gente del gremio, se le ofreció un ágape a Manolete. Aquello coincidió con la ruptura del convenio taurino hispano-mexicano, que al parecer tenía gran trascendencia, y los comensales le pidieron al maestro que hablara al respecto, para fijar posición. Manolete se puso en pie y tan sóolo dijo: “Señores, yo hablo en los ruedos, muchas gracias”. Y se sentó. La hermandad del toro es de pocas palabras, tradicionalmente. Ahí está José Tomás. No se pronuncia nunca, salvo para hablarle a la muerte cuando lo cornean. Entre las frases breves del toreo es habitual citar la de Juan Belmonte, cuando Valle-Inclán, después de soltar una arenga larga y jabonosa, remató con un ceremonioso: “Solo te falta morir en la plaza”. El torero, parco de naturaleza, apenas añadió: “Se hará lo que se pueda, don Ramón”, y agachó la cabeza.

En todo caso, la brevedad tuvo un maestro supremo: Augusto Monterroso. Aborrecía la conversación. Era tan de pocas palabras, que llamarse Augusto Monterroso le parecía latoso, casi un discurso, y con los años lo podó hasta dejarlo reducido a Tito. Su brevedad fue célebre, en tal grado, que para algunos se hacía incluso larga. Fue el caso de la mujer de un cónsul a la que le presentaron durante una recepción en una embajada. Le explicaron que Augusto era el autor del famoso cuento del dinosaurio. Se saludaron, y durante el saludo, la mujer comentó: “Ah, el cuento del dinosaurio, recién lo estoy leyendo, ya le contaré cuando termine”.

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http://www.jotdown.es/2013/03/gente-de-pocas-palabras/

 

Un poeta español del Siglo de Oro escribe versos como este en la cuenta de @JotDownSpain

11 November 2015

twitter: @eugenio_fouz

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Aquel tuit personalizado de los JotDown no era un desprecio sino un mimito

26 August 2015

twitter: @eugenio_fouz

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[Eugene Smith, fotógrafo]

[vía @JotDownSpain]

El señor de las moscas

7 August 2015

twitter: @eugenio_fouz

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Juan Tallón

Me gusta lo que escribe y cómo lo escribe Juan Tallón. Esta mañana leía el artículo que publicó en @el_pais ayer, 6 de agosto, y después de haber intentado tres veces entrar al “Ulises” de Joyce (todavía no he pensado en atreverme con “En busca del tiempo perdido” de Proust), tuve la impresión de verme en medio de un paisaje visitado alguna vez.

De Juan Tallón me encantó un relato que publicaron en JotDown (@JotDownSpain) titulado “Haga una lista” que comienza con un suicidio.

Con respecto a las dos obras citadas, la de Joyce volveré a intentarla por varias razones, una de ellas es que “Ulises” forma parte de mi vocación filológica, y la otra, un poco más curiosa, es el hecho de que la historia larga de la novela sucede en un solo día, el 16 de junio y termina en la madrugada del día 17 que es precisamente el día de mi cumpleaños. La otra obra (siete volúmenes en la edición castellana de Alianza Editorial) ocuparía muchas horas de lectura y esa tarea implica un serio compromiso. La obra más larga que he leído hasta hoy es los “Diarios” de Anaïs Nin.

Juan Tallón es un escritor gallego que publica en varios diarios nacionales. En su blog “Descartemos el revólver” dedica un apartado a las moscas -Biografía de una mosca- y cualquier texto en el que se nombre a este insecto es coleccionado por el señor de las moscas que tuitea como @xoantallon.

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LIBROS ROTOS, Juan Tallón

“Me desperté a las ocho, preparado para mi odisea diaria. Al levantarme, no pude evitar que a la vieja cama le chirriasen las arandelas de latón. Esta era la gran herencia que legó a Molly su padre. Ella adoraba esa cama. Maldita mujer. Después de muchas mañanas, los Bloom hemos aprendido a percibir ese ruido irritante casi como un silencio. Espié el cielo de Dublín por la ventana. Sería una jornada de calor. Larga. Minuciosa. Picada en trozos. Casi a tientas, desempolvé el traje negro para acudir al entierro de Paddy Dignam. Molly se quedó en la cama mientras yo bajaba a disponer el desayuno.

Puse agua a calentar, para el té, y preparé cuatro tostadas con la hogaza del día anterior. Estaba dura. También de eso tenemos costumbre. Entretanto el agua no hervía, salí a comprar alguna víscera a la tienda de Dlugacz. Me calé el sombrero. En el escaparate de la charcutería había salchichas y morcillas, pero dentro descubrí un pequeño hígado de cerdo. Goteaba sangre. Una maravilla. Y era el último. El desayuno perfecto. Respiré cuando la criada de mi vecina pidió unas salchichas. Qué caderas. Impresionantes. Podría estar un día entero mirándolas.

De vuelta a casa recogí el correo. Había una carta de Milly para mí, que también enviaba una postal a su madre. Entre ambas encontré un sobre sin remite, dirigido a Molly. Seguro que se trata de Boylan. Perro asqueroso. Sé que se ve con mi mujer. Lo sé de un modo remoto, irreflexivo, y no necesito saber más. La tetera hervía. Puse el hígado en la sartén. Rojito. Fresco. En la bandeja coloqué las tostadas, la mantequilla y el azúcar, junto con una taza, la leche y la tetera. Molly aún se quejó de cuánto había tardado. Maldita mujer. Se incorporó. Buenas tetas. Me dijo no sé qué de un libro. “Leopold, no entiendo una palabra; la he subrayado”. Buscó la página y me la tendió. “Metempsicosis”.

Busqué mi montaña de revistas viejas. Me agradaba leer en el retrete del jardín. Demonios. Maldita mujer. ¿Qué habrá hecho con ellas?

Empezó a oler a quemado. El hígado. Salí corriendo. Sudor bajo el traje negro. Llegué a tiempo de evitar otro entierro. Raspé el hígado y le di los restos chamuscados a la gata. Cuando acabé, me sentí lleno, al punto que tuve que bajar un agujero al cinturón. Mis tripas se relajaron automáticamente. Zozobraban, como si estuviesen en alta mar, a merced de las corrientes. De hecho, sentí de un modo íntimo que debía ir al baño.

Busqué mi montaña de revistas viejas. Me agradaba leer en el retrete del jardín. Caprichos. Las revistas no estaban en su sitio. Demonios. Maldita mujer. ¿Qué habrá hecho con ellas? Hurgué en cajones y armarios. Nada. Me acordé de la caja de libros viejos que el padre de Molly nos había enviado desde Gibraltar. La otra mitad de la herencia. Algunos ni tenían tapas y a muchos incluso les faltaban hojas. Mejor. Las lecturas ideales para el retrete. Destellos. Elegí uno al azar, el más deteriorado, sin cubierta, y salí de casa. Crucé el jardín. Empujé la puerta con el pie. Entré en el retrete. Pestilencia. Espié el vecindario entre las rendijas. Nadie. No manches el traje, Leopold. Me acomodé el libro en las rodillas. Estaba tan destartalado que ni siquiera aparecía el título o el nombre del autor. Faltaban las veinte primeras páginas. Abrí por alguna parte del principio y leí… Mi único consuelo, mientras subía a acostarme, era que, cuando estuviese en la cama, mamá vendría a darme un beso… Qué cretino. Pero aquellas buenas noches duraban tan poco, mamá volvía a bajar tan aprisa que el momento en que la oía subir y después sentía por el pasillo de doble puerta el ligero roce de su vestido de jardín de muselina azul… Muselina azul. Anda que. Avancé cuarenta páginas. Y abrumado por aquel día sombrío y la perspectiva de un triste mañana, no tardé en llevarme maquinalmente a los labios una cucharada de té, en la que había dejado ablandarse un trozo de magdalena, pero en el preciso momento en que me tocó el paladar el sorbo mezclado con migas de bizcocho me estremecí, atento al extraordinario fenómeno que estaba experimentando… Basta de cursilerías. Prefería no saber quién era el autor de aquellas idioteces. Menudo chiflado. Arranqué la página y me limpié con ella. Luego me subí los pantalones y salí al jardín.”

[artículo escrito por Juan Tallón en @el_pais, 6 de agosto de 2015]

Cuando crees que la tristeza o la alegría no tienen una razón de ser…

17 May 2015

twitter: @eugenio_fouz

2015-05-09 22.14.20

descubres y giras te …

{Invertido}

   mira nos que Ángel el 

2015-05-08 18.07.29

Jot Down

2 July 2013

twitter: @eugenio_fouz

 Imagen

Hoy voy a hacer algo impensable hace años. Voy a escribir un post (un texto breve) acompañado de una imagen fotográfica.

Si se fija un poco en la fotografía verá que se trata de un periódico doblado y una máquina de escribir de las antiguas. Claro que si es observador se habrá dado cuenta que la máquina de escribir no es una máquina de escribir, sino una imitación falsa. En realidad es una funda para un ordenador personal pequeñajo conocido como “netbook” (libro para Internet aunque también sería válido decir que se trata de un híbrido de libro y cuaderno para conectarse a la red).

En el caso de que sea usted curioso querrá averiguar de qué periódico se trata y conocer mejor al tipo que escribe estas cosas que usted lee de vez en cuando. Y no se lo voy a poner fácil, a no ser que se lea hasta la última palabra.

A lo que iba, quienes me regalaron esta funda me conocen bien porque saben cuánto me gustan las máquinas de escribir. Me emociono cada vez que cojo mi netbook adelantándome en pensamiento al sonido del teclado. Reconocerá conmigo, amable lector, que la funda oscura es una monada, la verdad.


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