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Sobre el articulismo periodístico (Enrique Arias)

26 November 2017

twitter: @eugenio_fouz

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De Artículos Periodísticos Y De Sus Autores

Enrique Arias Vega

Xornal de Galicia | Sábado, 04 Julio, 2009

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[La Comunidad Valenciana y el guirigay nacional (2007).

por E. Arias Vega]

 

El articulismo es un vicio. Como el consumo de drogas, el juego o el sexo, puede convertirse en una psicopatía que enganche a su practicante y ya no le permita escapar de ella.

La comparación puede parecer exagerada. Hasta ridícula, si me apuran. Pero ya me dirán a qué vienen, si no, tantos blogs que inundan hoy día el espacio cibernético. Muchos articulistas eran antes meros autores de cartas a los directores de periódicos. Otros son políticos, intelectuales y gentes del común que han encontrado en la red electrónica un territorio sin fronteras donde exponer sus puntos de vista. Finalmente, también hay columnistas digamos que convencionales, los cuales han cambiado de medio expresivo o ampliado a él el soporte de sus reflexiones para conseguir así una mayor audiencia interactiva, que dicen.

En cualquier caso, el común denominador de toda esta fauna en la que me incluyo es la vanidad. Legítima, si se quiere, pero vanidad al fin y al cabo. Eso de poder contar las verdades de uno hasta al lucero del alba proporciona un placer especial e irrepetible. Luego resulta que casi nadie se entera de lo que uno dice, pero ése es otro cantar, intrascendente, incluso, para la satisfacción onanista del propio ego.

Pues bien. Llevado de esa malformación no sé si genética o adquirida, llevo escribiendo artículos, con mayor o menor intermitencia, desde hace cuarenta años. El articulismo es un género a caballo entre el periodismo y la literatura que han ejercido de forma virtuosa escritores a los que uno admira profundamente: en los dos últimos siglos, desde Mariano José de Larra a Manolo Vázquez Montalbán, pasando por Wenceslao Fernández Flórez.

La elaboración de los artículos, en principio, no parece que sea demasiado complicada. Uno de los mejores ejercientes del oficio, el exquisito dandy César González Ruano, explicaba a mediados del siglo pasado que “un artículo es como una morcilla: dentro puedes meter lo que quieras, pero tiene que estar bien atado por los dos extremos”. La suya, claro, es una manera cínica de mostrar un aristocrático desdén hacia lo que uno hace; lo cual, obviamente, constituye la más refinada de las vanidades.

El depositario de aquella confidencia de Ruano, Paco Umbral, es a su vez un prolífico autor y un magnífico columnista. Su caso demuestra mejor que ningún otro que el articulismo es una cuestión de estilo. Innovador del lenguaje y creador de expresiones y giros literarios, en la estela de Valle-Inclán, en Umbral predomina la forma sobre el fondo. Tanto es así, que ha podido decirse de él que lleva cuarenta años escribiendo un mismo y único artículo, modulándolo y adaptándolo en el tiempo, y troceándolo con meticulosa constancia para depositar luego la correspondiente dosis diaria en la página de su periódico. Se trataría, pues, de un artículo permanente e inacabado.

Sin ponerme demasiado trascendente, diré que este género expresivo, híbrido y hasta mestizo, ha alcanzado su apogeo bien recientemente. Hoy en día no hay escritor de largo aliento y densa obra literaria que no lo practique. Algunos, incluso, en esos breves comentarios periodísticos superan en excelencia a sus textos más amplios y repetidamente premiados. Para mí es el caso de Juan José Millás o Manuel Rivas, magníficos escritores de libros pero aun mejores articulistas. Esa misma apreciación, qué quieren que les diga, la hago extensiva hasta a algún premio Nobel, como Gabriel García Márquez. Otros, en cambio, como Camilo José Cela, en sus incursiones periodísticas no han estado a la altura de su genial obra literaria.

Éstas, como ven, son opiniones subjetivas y tremendamente osadas, además. Es lo que precisamente permite el género periodístico que comentamos: gracias a su brevedad, al estilo liviano en que se sustenta y a su carácter fugaz, pueden formularse semejantes aserciones injustificadas que en un ensayo, en cambio, exigirían páginas y páginas de eruditas explicaciones en que basarse.

Servidor, que ha pasado demasiados años en tareas de organización periodística entre bambalinas, no alcanza la excelsitud literaria de sus maestros. Ni de coña. Tampoco lo pretendo. El virus del periodismo de a pie, de primar las noticias y la urgencia de su comunicación sobre las cuestiones de estilo, suele ser un antídoto contra la calidad expresiva. Es más: los periodistas no solemos escribir bien y cada vez propendemos a hacerlo peor, como suele explicar con su magisterio el presidente de la Agencia Efe, Alex Grijelmo.

Es una desgracia como otra cualquiera. Más grave, si acaso, por la capacidad de comunicación que se nos supone, por la posibilidad de llegar a gentes que no tienen otros elementos lingüísticos de referencia y porque, como dirían los moralistas clásicos, deberíamos dar ejemplo, al menos de virtudes literarias.

Si los artículos recopilados en este libro no logran, pues, el nivel de excelsitud que deberían, pienso modestamente que en ocasiones se acercan a él. Aunque sea por chiripa. Lo importante, no obstante, es el fresco social que muestran de los problemas y de las inquietudes que existen en este momento en la Comunidad Valencia, en lo que antes se denominaba España —ahora se buscan complicados eufemismos para no llamarla por ese nombre— y en el ancho mundo, cada vez más global y a la vez más próximo, al que pertenecemos.

No sé si éstos son días “de ruido y furia”, como en el drama de Shakespeare. Sí sé que, en todo caso, se está produciendo un sonoro guirigay, palabra que en acepción de la Real Academia española significa “gritería y confusión que resulta cuando varios hablan a la vez o cantan desordenadamente”.

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Aquellos maravillosos años

8 December 2011

twitter: @eugenio_fouz

(The Wonder Years, ABC canal de televisión estadounidense en antena de 1988-1993; Josh Saviano y Fred Savage)

EUGENIO FOUZ

Eran tiempos en los que uno era casi adolescente y creía en los cuentos. Solía pasar que en diciembre de todos los años era Navidad. La familia se reunía al completo. Uno no se olvida de aquellos momentos en que nuestra tía del sur hacía teatro para contarnos y hacernos ver a unos niños de ojos grandes los cuentos clásicos de Caperucita, la Cenicienta, y Hansel & Gretel. En aquella galería donde hilaban las mujeres de Velázquez aprendíamos que no había que fiarse de los desconocidos, que los ricos no eran los más felices o que la astucia y el atrevimiento podrían ser desencadenantes de una salida heroica en ocasiones. En esas fechas había muchos reencuentros con amigos y familiares.

Los mayores de 18 jugaban en una mesa de salón al Palé (aún no se conocía el Monopoly), los pequeños corríamos de habitación en habitación y éramos felices, mientras los adultos hablaban y nos llamaban la atención de vez en cuando, y acababan hablando de política. Eso era lo normal y lo esperado en estas fechas. Habría sido raro que no ocurriese de esa manera. Las fiestas se amontonaban, y las ilusiones también. La lotería cantada en la radio y en televisión señalaba el inicio de las vacaciones. Los anuncios de juguetes aparecían en televisión sólo una semana o dos antes del día 22, no como ahora.

Las ciudades estaban llenas de luz, frío y alegría. Estaba el día de los Santos Inocentes y las postales navideñas que pegábamos con cinta adhesiva en la puerta verde del comedor y al finalizar la Navidad las repartíamos y hacíamos colección. La televisión era el centro de operaciones nacional desde donde se anunciaban oficialmente los actos y los rituales propiamente dichos. Veíamos a Jesús Hermida en televisión y los ballets de Giorgio Aresu. No conocíamos aún los reportajes de Carlos del Amor ni creíamos que nuestro mejor amigo era Lorenzo Milá.

La Nochebuena y el turrón, la misa del Gallo, los villancicos frente al Ayuntamiento con los amigos y los planes y las historias, la Nochevieja y los bailes, las doce uvas, los programas de televisión, los regalos y la cabalgata, la noche del 5 y los Reyes Magos. No se daban regalos en Nochebuena, ni se mencionaba tanto a Papá Noel. Nadie recibía juguetes antes del día 6 de enero, y uno había aprendido a esperar y a aguantarse la impaciencia, a pesar de que no quedaba mucho tiempo después de Reyes para jugar.

Uno de aquellos años, una mañana del día 6, un niño se quedaba pasmado por el regalo que recibía uno de sus hermanos. Mientras él jugaba con coches de pilas y los Madelman, su hermano desenvolvía un paquete de color amarillo con cuatro libros de pasta dura. Recuerda la portada de los libros, también amarillos, con el retrato de un chico detective llamado Jan. Esos libros sin dibujos no eran como los libros de Mortadelo y Filemón o las Joyas Literarias Juveniles que traían a Verne en los mares o en globo, a Wells, a los Robinsones suizos o a Los Hijos del capitán Grant con ilustraciones a color y diseño de cómic clásico. Eran diferentes. Aquellos cuatro libros prometían, sin embargo, períodos de soledad y aventura, seguro que algo serio. Y era agradable cogerlos al peso, su tacto, dejar que las hojas nuevas y sin tacha fuesen estrenadas por los dedos de uno. Envidiaba lo que aquel mundo desconocido suponía. Curiosidad, admiración y sana envidia por el ritual. Fue ese hermano quien trajo a casa a los poetas franceses Rimbaud y Baudelaire, a los raros como Kafka. A los americanos y los ingleses, a Kerouac, a Whitman y a Shelley. Era y es un cazador solitario. Todos los lectores acaban siendo eso, cazadores solitarios.

Los juguetes duraban meses y algunos incluso años. Jugábamos con ellos y no nos cansábamos nunca. No se oían palabrotas en la calle, excepto en contadas ocasiones algún adulto y por alguna razón.

La prensa era muy distinta y poco atrevida, las fotografías escasas y en blanco y negro. No había tanta prensa como ahora y no se leían cosas de las que escribe Pérez Reverte que dan ganas a uno de ser escritor, o de no intentarlo siquiera, como el episodio de los presos de la Cárcel Real publicado en el semanal de este diario el 9/12/07.

Aquellos maravillosos años, como sabe el lector, era el título de una conocida serie de televisión americana. Aquellos años son parte de uno mismo y no se olvidan. Todos los años uno desearía recuperar alguno de aquellos momentos, de aquel hogar, de la familia y volver a sentir que, a pesar de los años, volvemos a estar juntos como antes, juntos como antes.

 

 (Publicado en LAVERDAD el día 28 de diciembre de 2007)

http://www.laverdad.es/albacete/20071228/opinion/aquellos-maravillosos-anos-20071228.html

 


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