Un cuento de Navidad (Almudena Grandes)


twitter: @eugenio_fouz

No es el momento para evocar la Navidad, pero es que yo había guardado este artículo de Almudena Grandes y lo descubrí el otro día en una carpeta. Ahora me parece que no es solo un artículo navideño sino un cuento intemporal.

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Un cuento de Navidad

ALMUDENA GRANDES

El país, 27 DIC 2015

Están sentados en el suelo, uno frente a otro. Ella niega con la cabeza, él la sujeta con las manos, le acaricia la cara, no para de hablar

Metro de Madrid, línea 1, estación de Tribunal, 13 de diciembre de 2015, 11.35.

Es domingo. El andén está abarrotado de gente, hombres y mujeres de todas las edades a las que sería difícil encontrar aquí, en esta cantidad y a estas horas, en cualquier otro mes del año. Van al centro. Muchos se bajarán en Sol, para ir a comprar lotería, regalos o figuritas de barro en el mercado navideño de la plaza Mayor. Otros tantos seguirán hasta Tirso de Molina porque hoy es domingo, y el Rastro compite eficazmente con los centros comerciales también en esta época. El caso es que hay muchos pasajeros esperando en el andén y el tren llega bastante lleno, no se baja nadie, suben muchas personas. Conmigo entran en el vagón varias parejas, un grupo de amigas de mediana edad y un señor con una gran maleta. También ellos.

Es difícil calcular su edad, también el tiempo que llevan enganchados. Él, entre los 30 y los 40, más bien alto, delgadísimo, la cara afilada, los huesos marcándose casi dolorosamente sobre la piel blanca y tensa, lleva una chaqueta de chándal muy fina, vaqueros desgastados. Ella, en los primeros 30 o ni eso, es baja, gordita y va mejor abrigada. Tiene el pelo negro, sujeto con horquillas de colores, la cara redonda y roja, una combinación del bronceado forzoso de quienes viven en la calle y el tinte que prestan al cutis los tetrabriks de vino peleón. Con la amarga sabiduría que compartimos quienes tuvimos 20 años en la década de los ochenta del siglo XX, clasifico sin dificultad al hombre como heroinómano de larga duración. La condición de la mujer, indudablemente vagabunda y alcohólica, es más incierta.

Suena el timbre y dos pasajeros retrasados llegan corriendo. Son otra pareja, otro hombre y otra mujer de cincuenta y tantos, ambos con rasgos andinos, inmigrantes ecuatorianos o peruanos. El hombre intenta entrar en el vagón y queda atrapado entre las puertas. El mecanismo se detiene, vacila, las hojas vuelven a cerrarse, el hombre grita, todos nos asustamos, pero el yonqui es el único que se precipita hacia la puerta, que sujeta sus hojas con las manos, que grita pidiendo ayuda. Cuando las puertas vuelven a abrirse, su prisionero, pálido aún de miedo, le da las gracias. Él descarga la tensión increpando al jefe de estación sin llegar a insultarle. Yo pienso que tiene toda la razón, porque el hombre que está en el andén, supervisando el tráfico, debería haber reaccionado mucho antes, pero su novia se enfada con él.

No sé por qué tienes que hacer estas cosas, murmura, siempre llamando la atención, para que nos mire todo el mundo… Después se sienta en el suelo, la espalda apoyada en la puerta opuesta a la que ha estado a punto de provocar una desgracia. El yonqui la mira y se dirige a mí. Déjeme pasar, señora, por favor, me pide con una cortesía exquisita. Yo le abro paso y él se sienta en el suelo, frente a ella, que se mira los pies como una niña enfurruñada. El convoy se detiene en Gran Vía y reemprende su marcha mientras el héroe del día se dirige a su chica con una voz dulce, cargada de ternura.

¿Por qué estás enfadada? No he hecho nada malo. ¿No?, responde ella con una voz pastosa, de borracha. Ya había sonado el pito, y cuando suena el pito no hay que entrar, lo sabe todo el mundo. ¿Y qué querías que hiciera, que dejara morir al hombre? No, pero… Es que no me gusta que nos miren. Por algo malo no, replica él, pero esto no es malo, no he montado ningún escándalo, no me he pegado con nadie, solo quería ayudar. Ya, pero… Pero ¿qué?, a ver…

Están sentados en el suelo, uno frente a otro. Ella niega con la cabeza, él la sujeta con las manos, le acaricia la cara, no para de hablar. No, si yo te quiero, reconoce ella al final, te quiero mucho, sólo que no me gusta cómo eres cuando pasan cosas raras. Pues si me quieres, ya está, ¿no? Yo también te quiero. Te quiero mucho, tonta…

Cuando el tren se detiene en Tirso de Molina, siento una emoción tan profunda que casi celebro haber llegado a mi destino. Hacía mucho tiempo que no escuchaba palabras tan dulces, que no asistía a una escena tan tierna, la expresión de un amor tan verdadero como si en la nómina de los ángeles del cielo hubiera plazas reservadas también para los yonquis.

Feliz Navidad para quienes se la merecen.

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