La respuesta de un profesor español indignado al experto en educación Marc Prensky


twitter: @eugenio_fouz

atticus

Gregory Peck (Matar a un ruiseñor, Harper Lee)

Leo un artículo de prensa fechado hace dos años que no me deja para nada indiferente. Lo firma Alberto Royo. Busco en google su nombre pretendiendo llegar a él a través del Bosque Sagrado que es Twitter. Lo encuentro con una cuenta bajo el nombre de Profesor Atticus. Tiene pocos seguidores en la red ratificando la idea profética de Rubén Caviedes (autor en Jot Down magazine) que evoca la figura del filósofo Sócrates en el mundo de hoy, poco popular y casi anónimo en redes sociales. Ya había ocurrido algo parecido con otro articulista, Gonzalo Ugidos  (@kalminari). En fin, el profesor de música es @profesoratticus en Twitter. Dejo el texto íntegro escrito por Alberto Royo a continuación:

*

Alberto Royo

Uno intenta ser siempre moderado en sus valoraciones, pero cada vez es más difícil analizar con seriedad y mesura, evitando la causticidad como válvula de escape, las ocurrencias de quienes se dicen (y a quienes se denomina) «expertos educativos». Y son legión. Abundan, proliferan y se multiplican de forma exponencial. Y lo peor es que sus vacuas pero seductoras suposiciones son tenidas en cuenta y amplificadas por los medios de comunicación. Este y no otro es el motivo por el que, una vez más, me veo obligado, por responsabilidad cívica y dignidad profesional, a salir al paso de los dislates proferidos (y recogidos en ABC) por Marc Prensky, consultor, «experto educativo» reconocido mundialmente como tal.

En una entrevista publicada en la edición digital de ABC, el «experto» Prensky lo daba todo, comenzando por el soberbio (y no va con segundas) titular: «Los profesores de hoy deberían eliminar las clases magistrales». No quiero extenderme demasiado en esto de la magistralidad despreciada, todo un mantra de la neoexpertología educativa, pero sí quiero recordar que una clase magistral es aquella en la que el docente demuestra al discente su maestría (su pericia, su oficio, su sapiencia, su conocimiento…). La palabra «magistra» hace referencia al propio ejercicio del magisterio, esto es, de la enseñanza.

Otra cosa es que Prensky, como muchos de los que participan de esta moda de reprobar al profesor y explicarle cómo debe trabajar, se empecine en asociar la autoridad intelectual de quien atesora el conocimiento con oscuras intenciones humillar y/o atormentar a quienes no saben, precisamente porque requieren de alguien que les enseñe (si todos supieran, no sería necesaria la trasmisión de estos conocimientos), como si saber más (y, en principio, como digo, debemos admitir que entre profesor y alumno el primero sabe más que el segundo) conllevara la voluntad de afear la inferioridad del otro.

Así, se impone una igualdad ficticia entre ambos que evita que el «pobre» alumno pueda sentirse afligido, se desdeña la capacidad del profesor y se caricaturiza su labor, tanto más cuanto mayor sea la competencia de este y sus deseos de formar a un nivel de excelencia. Y llegamos de esta manera a la unión, más que forzada pero ya habitual, entre la idea de clase magistral y la de degradación, doblegamiento, vejación del alumno. No exagero. Según Prensky, «la realidad en la que viven los niños y jóvenes es cada vez más cambiante, incierta, compleja y ambigua» (infortunados pequeñuelos), «su capacidad de atención no ha cambiado» (la perspicacia no parece caracterizar a Mr. Prensky). «Pero», continúa, «sí» han cambiado «su tolerancia y sus necesidades». «No quieren charlas teóricas», sigue. «Quieren que se les respete, se confíe en ellos, y que sus opiniones se valoren y se tengan en cuenta».

O sea, que los chicos no quieren teoría. Y, si no quieren, ¿quiénes somos nosotros para aburrirlos con nuestras batallitas? Quieren que se les respete, se confíe en ellos y se valoren sus opiniones. Bien, no conozco profesores que entren en clase con deseos irreprimibles de faltar al respeto al alumno de la cuarta fila (en todo caso de que no se lo falten a él, si no es abusar). En cuanto a la confianza en los alumnos, me resulta una reclamación ciertamente sui generis. ¿Debo confiar en mis alumnos? No lo sé. ¿En todos? ¿Por qué? ¿Confiar en qué sentido?

Esto me recuerda a una señora muy educada, fan de la Educación Waldorf, con la que coincidí en un debate, que me preguntaba, fuera de cámara, si «quería» a mis alumnos. «Querer, querer…», le dije yo, «…más que nada los respeto…» ¿Y sus opiniones? Pues no tengo especial interés en no valorarlas, pero tampoco en hacerlo a toda costa. No creo que sea esa mi función como docente. ¿Son relevantes las opiniones de mis alumnos? ¿Respecto a qué? ¿Tengo que escucharlos antes de presentar una actividad, plantear unos contenidos o corregir un examen?

Sinceramente, no creo que el alumno deba ser, de ninguna manera, el centro de la educación sino exclusivamente el beneficiario. Es esta una concepción de la enseñanza de consecuencias, no imprevisibles, porque ya estamos comprobando el resultado de la pedagogía chachi, sino nefastas, y que convierten a nuestros alumnos en ignaros narcisistas que encima creen tener derecho a decidir cómo debemos los docentes ejercer nuestra profesión. Es decir, lo mismo que los expertos.

Opina Mr Persky que «el nuevo modelo de pedagogía» debe ser «intuitivo» (admirable estrategia para cargarse de un plumazo todo intento de instrucción rigurosa). Pero esto no acaba aquí. «El profesor», asegura nuestro experto, no debe tener respuestas sino preguntas («preguntas-guía», las llama; también «co-asociación») «que facilitar a los alumnos» y, en algunos casos, sugerencias de posibles herramientas y lugares para empezar y proceder.

De forma que el que antaño era depositario del conocimiento pasa a ser una especie de pringadete que media entre el alumno y lo que sea que quieran estos tipos que aprenda, sea en la internete (las nuevas tecnologías, ¡cómo no!) o en la mismidad de la vida, que, ya se sabe, es «la mejor Universidad». Y encima se permite el hombre exigir al profesor que «diseñe el proceso de aprendizaje» (¿Mande? ¿Que diseñe qué? ¿Las preguntas que deben hacerse los alumnos? Y de manera intuitiva, por descontado) y que “garantice la calidad” (esto ya es directamente grosero).

Aquí queda pues esta humilde semblanza (espero haberle hecho justicia) de «uno de los pensadores más influyentes en el ámbito de la educación internacional».

Así nos luce el pelo.”

Alberto Royo es licenciado en Historia y Ciencias de la Música y profesor de Secundaria, además de presidente de la Asociación de Profesores de Secundaria de Navarra y Secretario General de la Federación de Sindicatos de Profesores de Secundaria SPES.

[Escrito por Alberto Royo y publicado en  ABC, 23-11-2014. ]

 

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