7 a.m.


 

EXILIO INTERIOR

twitter: @eugenio_fouz

keanu reaves

  “Los teléfonos móviles serán inteligentes el día que te digan «yo no mandaría ese mensaje si fuera tú»” (@MejoresTwits)

Ha salido el sol y lo sé porque ha sonado la alarma del teléfono. Mi teléfono es inteligente. Claro que la alarma suena porque yo quiero. Hoy estoy de vacaciones y no tendría que saber que son las 7 a.m. Ya no soy el tipo agradable que solía ser. No soy ese alarde de simpatía a que le tenía acostumbrado, querido lector. Hoy me paso el día pegado a un teléfono blanco. Parezco idiota, en serio. Me tiene como hipnotizado. Hoy por hoy podría decirse que entre mi smartphone y yo existe una relación de dependencia similar a la relación que mantienen en una oración compuesta subordinada la frase principal con la subordinada. Y mi tamagotchi no sería en ningún caso la frase subordinada. En otras palabras, creo que estoy pillado.

Antes yo solía mirar a la cara de la gente cuando le hablaba. Era feliz, comunicativo y sociable. Sonreía a menudo, prestaba atención a las anécdotas, me reía de vez en cuando. Tenía pocos amigos, pero los tenía. Leía novelas en vacaciones, subrayaba los libros. No conocía el GPS ni el wasap, no tenía alarma en el móvil, o apenas la usaba. Por descontado no miraba el calendario ni preparaba avisos con tonos a cada hora. Cuando viajaba me gustaba preguntar una dirección en la gasolinera, comprar algún souvenir, hablar del tiempo en el bar o quejarme del tráfico en la autovía y pedir café. Recuerdo los viajes como aventuras y me veo a mí mismo siendo el explorador, estudiando mapas. Yo era un peregrino, un caminante haciendo el camino.

Y sin embargo, ahora suelo estar mohíno y sieso. Solo soy un tío sociable en las redes sociales y, por si fuera poco, en diferido. Rastreo las wifis en la calle, miro el correo todo el rato, pienso un tuit y lo tecleo y lo escribo. No falta un cargador en mi equipaje. Y contrariamente a lo que recitaba San Juan de la Cruz “vivo,  porque no vivo”. El omnipresente ojo me cuida y me acompaña. Hago una foto y la envío ya a Twitter. La estoy enviando. Mi juguetito y yo. Salimos a tomar algo los dos. Mirándonos el uno al otro cruzamos no sé cuántas calles, salvamos semáforos y tecleamos buenos días y buenas tardes. El pañuelo es un mundo. No veo acercarse al camarero de la terraza que me pregunta qué voy a tomar. Le digo que un café cortado sin pensar. Esto es un sinvivir y ni me cuestiono el sentido del título “Vivir para contarla” del Nobel colombiano.   

Antes la vida era otra cosa. Los niños no estaban siempre tan ocupados, tenían buenos modales y querían que les contasen cuentos sus padres. Por lo general todos pensábamos en voz baja y éramos más discretos. Nos aburríamos y perdíamos el tiempo. Sabíamos esperar y desesperar. A veces estábamos solos de remate. Vivíamos la vida.  

(artículo de OPINIÓN publicado en @laverdad_es el día 24 de julio de 2013)

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