Aquellos maravillosos años


twitter: @eugenio_fouz

(The Wonder Years, ABC canal de televisión estadounidense en antena de 1988-1993; Josh Saviano y Fred Savage)

EUGENIO FOUZ

Eran tiempos en los que uno era casi adolescente y creía en los cuentos. Solía pasar que en diciembre de todos los años era Navidad. La familia se reunía al completo. Uno no se olvida de aquellos momentos en que nuestra tía del sur hacía teatro para contarnos y hacernos ver a unos niños de ojos grandes los cuentos clásicos de Caperucita, la Cenicienta, y Hansel & Gretel. En aquella galería donde hilaban las mujeres de Velázquez aprendíamos que no había que fiarse de los desconocidos, que los ricos no eran los más felices o que la astucia y el atrevimiento podrían ser desencadenantes de una salida heroica en ocasiones. En esas fechas había muchos reencuentros con amigos y familiares.

Los mayores de 18 jugaban en una mesa de salón al Palé (aún no se conocía el Monopoly), los pequeños corríamos de habitación en habitación y éramos felices, mientras los adultos hablaban y nos llamaban la atención de vez en cuando, y acababan hablando de política. Eso era lo normal y lo esperado en estas fechas. Habría sido raro que no ocurriese de esa manera. Las fiestas se amontonaban, y las ilusiones también. La lotería cantada en la radio y en televisión señalaba el inicio de las vacaciones. Los anuncios de juguetes aparecían en televisión sólo una semana o dos antes del día 22, no como ahora.

Las ciudades estaban llenas de luz, frío y alegría. Estaba el día de los Santos Inocentes y las postales navideñas que pegábamos con cinta adhesiva en la puerta verde del comedor y al finalizar la Navidad las repartíamos y hacíamos colección. La televisión era el centro de operaciones nacional desde donde se anunciaban oficialmente los actos y los rituales propiamente dichos. Veíamos a Jesús Hermida en televisión y los ballets de Giorgio Aresu. No conocíamos aún los reportajes de Carlos del Amor ni creíamos que nuestro mejor amigo era Lorenzo Milá.

La Nochebuena y el turrón, la misa del Gallo, los villancicos frente al Ayuntamiento con los amigos y los planes y las historias, la Nochevieja y los bailes, las doce uvas, los programas de televisión, los regalos y la cabalgata, la noche del 5 y los Reyes Magos. No se daban regalos en Nochebuena, ni se mencionaba tanto a Papá Noel. Nadie recibía juguetes antes del día 6 de enero, y uno había aprendido a esperar y a aguantarse la impaciencia, a pesar de que no quedaba mucho tiempo después de Reyes para jugar.

Uno de aquellos años, una mañana del día 6, un niño se quedaba pasmado por el regalo que recibía uno de sus hermanos. Mientras él jugaba con coches de pilas y los Madelman, su hermano desenvolvía un paquete de color amarillo con cuatro libros de pasta dura. Recuerda la portada de los libros, también amarillos, con el retrato de un chico detective llamado Jan. Esos libros sin dibujos no eran como los libros de Mortadelo y Filemón o las Joyas Literarias Juveniles que traían a Verne en los mares o en globo, a Wells, a los Robinsones suizos o a Los Hijos del capitán Grant con ilustraciones a color y diseño de cómic clásico. Eran diferentes. Aquellos cuatro libros prometían, sin embargo, períodos de soledad y aventura, seguro que algo serio. Y era agradable cogerlos al peso, su tacto, dejar que las hojas nuevas y sin tacha fuesen estrenadas por los dedos de uno. Envidiaba lo que aquel mundo desconocido suponía. Curiosidad, admiración y sana envidia por el ritual. Fue ese hermano quien trajo a casa a los poetas franceses Rimbaud y Baudelaire, a los raros como Kafka. A los americanos y los ingleses, a Kerouac, a Whitman y a Shelley. Era y es un cazador solitario. Todos los lectores acaban siendo eso, cazadores solitarios.

Los juguetes duraban meses y algunos incluso años. Jugábamos con ellos y no nos cansábamos nunca. No se oían palabrotas en la calle, excepto en contadas ocasiones algún adulto y por alguna razón.

La prensa era muy distinta y poco atrevida, las fotografías escasas y en blanco y negro. No había tanta prensa como ahora y no se leían cosas de las que escribe Pérez Reverte que dan ganas a uno de ser escritor, o de no intentarlo siquiera, como el episodio de los presos de la Cárcel Real publicado en el semanal de este diario el 9/12/07.

Aquellos maravillosos años, como sabe el lector, era el título de una conocida serie de televisión americana. Aquellos años son parte de uno mismo y no se olvidan. Todos los años uno desearía recuperar alguno de aquellos momentos, de aquel hogar, de la familia y volver a sentir que, a pesar de los años, volvemos a estar juntos como antes, juntos como antes.

 

 (Publicado en LAVERDAD el día 28 de diciembre de 2007)

http://www.laverdad.es/albacete/20071228/opinion/aquellos-maravillosos-anos-20071228.html

 

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